Los delincuentes de la mirada lasciva

 

 

La estampa de una mujer partiendo plaza, que corta el aliento con su andar y lleva a que los viandantes dejen lo que estaban haciendo para mirarla y seguir su recorrido, es bastante frecuente en las calles de la ciudad de México y, según he podido constatar, en muchas otras ciudades de lo que se conoce como “el orbe latino”, que a fuerza de requiebros y toda clase de lisonjas callejeras se han ganado fama de ciudades pasionales, como si hubiera algo en las lenguas romances que nos orilla a la extroversión del deseo en plena vía pública.

Sin título

 

 

 


 

Punto y línea sobre el plano.

 

Una mano se posa sobre el plano

un estilógrafo preciso

detecta el vacío de la hoja;

perpetua y blanca,

el punto aparece.

 

El fantasma del poema

 

 

¿Existe algo así como un subgénero del retrato fotográfico que podría denominarse como “retrato de escritor”? Sospecho que sí. Sospecho que algo hay en las fotografías donde aparecen escritores que las distingue del retrato a secas. Pero no me refiero con ello a los lugares comunes de dicho subgénero (en caso de que exista): esa parafernalia escritural y esa pose literaria: enormes libreros como telón de fondo, un escritorio que aunque real deviene de utilería, y el retratado frente a la computadora escribiendo, o venciendo a la hoja en blanco, o muy concentrado leyendo, o declamando ante un auditorio que no vemos pero suponemos numeroso o autografiando alguno de sus libros. Ciertamente nada peor que el retrato de un escritor posando como si estuviera escribiendo, como si en su simulado estado de inspiración no notase que está siendo fotografiado. El problema no es la pose ni el decorado: puede haberlos o no. El problema realmente es que la literatura es invisible y que lo que se lee no se ve aunque pase por los ojos

¿Desprovistos de su parafernalia, y siendo la literatura invisible, los escritores retratados aparecen en las fotos, no obstante, en su calidad de escritores? ¿Es esto posible? Por supuesto que está el asunto del contexto: el lugar donde la foto aparece. Un retrato de un escritor probablemente no signifique lo mismo en la cuarta de forros de un libro suyo que en el álbum familiar. Otra vez: ¿hay alguna diferencia fundamental entre el retrato de escritores y el retrato a secas?

Sophie Calle: el arte de la suplantación

 

La mía no es una tentación exclusiva: como a tantos otros, me gusta mirar a través de las puertas abiertas de mis vecinos, husmear en la superficie de su vida cotidiana, escuchar sus peleas (desde niña conozco esta técnica: coloca un vaso de vidrio sobre la pared y escucharás lo que sucede en el departamento de arriba). La existencia de los otros me inquieta: sus gustos, sus historias, su falta de historias, su vacío. En cualquier caso, no puedo evitarlo: cada vez que en la calle paso a lado de una ventana con las cortinas descorridas necesito echar un vistazo. ¿De dónde proviene esa curiosidad? Podría tratarse de una propensión narrativa (Georges Perec escribió una novela infinita precisamente a partir de lo hallado en un edificio sin fachada, con sus habitaciones al desnudo); aunque tal vez se trate de una pulsión más primitiva, atávica incluso, o si se quiere infantil: buscar ahí dentro una sombra, un reflejo, descubrirse a uno mismo en los otros (por contraste, por afinidad). O todo lo contrario: entrever una existencia distinta, como si a través de ese resquicio cupiera lo excepcional (un secreto, un crimen, alguna anomalía), la posibilidad de escapar a la vulgar normalidad de los días que pasan. En todos los casos prevalece una sensación palpitante, la de estar transgrediendo algo (y esa sensación es placentera); es el temor a ser descubierta, a convertirme en una espía espiada.

Átomos, o el fin del mundo por entregas

 

 

Y con voz lenta

En un solo suspiro

Reunió lo disperso,

Sumó gestos y nombres,

Calor de tantas manos

Y luminosos días

José Ángel Valente, “El moribundo

 

Un atado de hierbajos y ramales se asumió perfectamente humano allá por la década de los setentas. Imaginaria y verdosa, la criatura del pantano descubrió que poseía capacidades increíbles y actuó, durante cada entrega semanal, en consecuencia; se enfrentó a villanos cáusticos, deshizo tramas fatales, se propuso salvar a la ciudad, se propuso destruir a la ciudad, cortejó a una mujer hermosa y tuvo un momento de quietud. En un número cualquiera de su saga, la criatura se detiene a contemplar el mundo a través de esas habilidades que misteriosamente lo habitan. Viñetas perfectamente expresivas lo muestran sentado, casi como un bronce pensativo, admirando la tierra y sus malestares. Poco a poco, como la gota que va escarbando un túnel entre rocas, deduce que, si quisiera, con cada una de sus artes podría liquidar los padecimientos del planeta. Y en el momento más emotivo de una de las series emblemáticas de la literatura ilustrada, la criatura del pantano se pregunta, contenidas las palabras por dos rectángulos sombreados en color pálido: «Is this, then, what it means to be a god?... To know and never do… to watch the world wind by…and in its winding find content?»

Mujer Verano

 


Un sombrero sobre un individuo habla mucho más que cualquier pieza sobre el cuerpo. De ahí que, además de proteger al hombre del clima —como todo atuendo—, funcione como un signo cultural determinante de las clases sociales. En la Edad Media, por ejemplo, y a pesar de que el sombrero fue instituido como una pieza fundamental de la moda hasta el Renacimiento; bufón, bruja o mujer de la corte, todos portaban un sombrero o tocado como un distintivo de sus funciones y roles. Los sombreros, desde entonces, hablan sobre el clima, la moda y las convenciones culturales. Funcionan de la misma forma que todos los signos que nos rodean. El Autorretrato (1910) de Marianne Von Werefkin nos muestra a la pintora con un sombrero rojo. En una de las alas, tiene un par de flores anaranjadas semejantes a un fruto jugoso de verano. A partir del siglo XX, no podemos adscribir una categorización concreta a un individuo que porte un sombrero porque su uso se extendió a todos los miembros de las sociedades. De ahí­ que la enigmática figura que nos presenta Von Verefkin hable tan sólo por el color. El sombrero, por su parte, coronando el cuadro con varios matices de rojo, nos invita a apasionarnos con esa lluvia enrojecida sobre el alargado rostro. Todo en el cuadro nos remite al verano: explosiones anaranjadas y rojas; unos ojos sorprendentes que lanzan llamas al espectador, el vestido carmesí y los labios encarnados contraídos por la fuerza gestual.

MARK ROTHKO, UNTITLED (BLACK ON GREY), 1969/1970

 

 

Esto no es una pintura.

No representa nada.

Pero la Nada, ¿es un sí o un no? Es —sí— como ese de Antoni Tàpies que no se dice porque está gestándose en el cuadro, entre dos guiones.

Lo que se afirma, sí, goza de presencia. ¿Qué es esto, entonces? El cuerpo presente de la Nada. ¿La ausencia de pintura? No: la ausencia de color. Negro sobre gris.

Esto, decía, no es una pintura.

No hay representación. En concreto, no hay nada.

No. Hay Nada: informe, incolora.

Retrato de Georges Méliès desde el Bar du Marché

 

 

Los viernes en la tarde, la velocidad de los trenes de la línea nueve entre Richelieu y Croix de Chavaux proyectaba en mi memoria una serie de postales de París, desde la Biblioteca Nacional hasta un suburbio llamado Montreuil. Sentada en un vagón, primero franqueaba el pequeño arco del triunfo de Strasbourg-Saint Denis que marcaba el límite de París en el siglo XVII, y que ahora es la puerta de entrada a los supermercados árabes; atravesaba las galerías de restaurantes asiáticos con menús de 8 euros al mediodía, el Circo de Invierno de colorido moscovita, el teatro de Oberkampf con sus cúpulas budistas, y el pequeño local donde una mujer tailandesa servía tapioca en leche de coco tibia mientras veía telenovelas de su país en DVD. Finalmente traspasaba el anillo periférico y en el metro fluía bajo el nervio central de Montreuil. Al abrirse las puertas de la estación de mi destino, me encontraba en un mercado, explanada de babouches, de almendras y miel de pastelería argelina, y de fayuca china. En las alturas, el barrio olía a camotes y otros tubérculos exóticos, y por las banquetas desfilaban estampados rosas, verdes, azules, morados, amarillos. Atravesando la plancha de concreto, me dirigía hacia la terraza de un bar en la esquina de la plaza.

Las huellas adulteradas de K. T.

 


¿Ha puesto alguna vez un espejo en el suelo y

un perro encima de él?... El perro mirara hacia

abajo, y de pronto se dará cuenta de que nada

existe debajo de sus patas. Creerá que se

mantiene en el aire y dará un enorme salto.

Kilgore Trout


 

I

El escritor de ciencia ficción Kilgore Trout publicó el conjunto de su obra en revistas pornográficas. Kurt Vonnegut rescató su literatura de ese universo sin memoria. Resulta polémica, sin embargo, la manera en que dio forma a la recepción de la obra de su colega y maestro.

El domo del placer se inaugura por allí de 1993

 

Soy un discípulo del filósofo Dionisio.

Prefiero ser un sátiro antes que ser santo.

Friederich Nietzsche, Ecce homo

 

Abro el diario de Anaïs Nin y se cae una hoja de estampas. Son multicolores con dibujos como un sol sonriente que dice “vacaciones”, una muela con una coronita que dice “dentista”, o unas palomitas que dicen “película”, cosas así. Hace más de quince años que no abro ese volumen de su diario, que va de 1947 a 1955. Habré tenido unos catorce años la última vez que lo leí. Hoy tengo treintaidós, y esas estampitas me dan risa y me recuerdan un momento y a una persona: me recuerdan a una adolescente perfecta. Es decir, atrapada entre la infancia de niña cursi, como lo revelan las estampas, y la búsqueda de una identidad adulta, en construcción de un “yo”, como lo indica aquella lectura mía de Anaïs Nin, muy típica entre las adolescentes de mi generación.

Boleto encontrado en la banqueta

 

Lo que pasó fue que se canceló el vuelo a París. Dos francesas quemadas por el sol, con mochilas enormes, que probablemente habían recorrido México durante tres meses con ánimos de empaparse de la inocencia salvaje del tercer mundo, discutían en un español mal aprendido en hostales chiapanecos con la encargada de la aerolínea, que parecía novata o histérica por la poca pericia que exhibía en el manejo de una crisis tan frecuente. Las francesas exigían en tono perentorio que se les pusiera de inmediato en otro vuelo; habían tenido suficiente inocencia salvaje y querían estar en Europa, en cualquier lugar de Europa, lo antes posible.

Segunda figuración sobre la Ciudad

 

Hace pocas semanas di con la posible imagen del primer mapamundi encontrado, que es el de los babilonios y data del siglo vi a.C. aproximadamente. La imagen es similar a un sol de siete picos. Babilonia, naturalmente al centro del disco, está circundada por Armenia, Yemen y Asiria. El Éufrates atraviesa la circunferencia y desemboca en el Río Amargo, que cerca la redondez del continente a manera de foso; lo cual me recuerda un poco las fortalezas de la Edad Media. Aunque Egipto y Persia en esos años ya figuran en la historiografía, no son parte del mundo. Los siete picos representan las islas ignotas y sólo tres de ellas tienen nombre. Una es “Más allá del vuelo de los pájaros”, otra, el “Lugar del sol naciente” y después, “El sol está escondido y nada se puede ver”.

The Short Happy Life of William Thornway


*Este ensayo forma parte del libro La sonrisa de la desilusión (2011), publicado por Tumbona ediciones.


 

Pocas cosas me despiertan tantas sospechas como el optimismo. La felicidad a ultranza, la capacidad de ver el lado bueno de las cosas, el no hay mal que por bien no venga, me llenan de escepticismo e incluso de indignación. Observo en quienes lo ejercen una falsedad y una impostación más nociva y repugnante que la del más redomado hipócrita, y me alejo ante la posibilidad de que mi vida, entre sus manos, se convierta en el guión de un cuento de hadas. Para ellos no hay algo que califique de tragedia, Dios aprieta pero no ahorca y cuando cierra una puerta abre una ventana; todo es cosa de ser positivo: hay que echarle ganas. Ante su coro —porque a diferencia de los misántropos, éstos tienden a unirse— concluyo que nadie puede ser tan feliz por tanto tiempo: algo nos quieren esconder, no cabe duda de que están actuando. Estos promotores de la dicha, mercachifles del bienestar, son inquisidores sistemáticos que, al amputar una de sus mitades a la existencia, se quedan sin ninguna de las dos. Poco se puede esperar de alguien que ve en el dolor una nueva oportunidad de regocijo. Eso es perverso y patológico, poco inteligente, casi místico. Es no querer resignarse, no saber perder, y resultan tan patéticos como aquellos que, tras el descalabro, fingen haber aprendido la lección.

Inventario de la huida

 

1. Huir de casa

Tania Pérez Córdova, Sin título, 2011.

 

2. Huir de las autoridades

El cártel de Sinaloa. Ismael El Mayo Zambada, uno de los líderes del cártel, colega y compadre de Joaquín El Chapo Guzmán. Hace diez años El Chapo Guzmán se fugó del penal de máxima seguridad de Puente Grande. Se dice que huyó oculto en un carro de lavandería. Es pública su huida, existen versiones distintas sobre el fondo de su fuga, pero el tema es que está libre. El Mayo Zambada también. En abril de 2010, Julio Scherer, publicó en Proceso una conversación con Zambada. Julio Scherer: “Zambada tiene sesenta años y se inició en el narco a los dieciséis. Han transcurrido cuarenta y cuatro años que le dan una gran ventaja sobre sus persecutores de hoy. Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde medio vive y medio muere a salto de mata.”

Godizilla monogatari

 

El 3 de diciembre de 2005 mi automóvil fue dos veces la escena de un crimen. Los atracos sucedieron con menos de doce horas de diferencia, y con amplias desavenencias en la forma de ser realizados.

El primer ladrón trabajó con cautela, fue limpio, sacó las cámaras de un grupo de mochilas que se encontraban detrás del asiento del copiloto, luego las acomodó, entonces salió, y cerró la puerta. El segundo, por el contrario, fue sucio, descuidado, dejó la puerta abierta, huellas y, como consecuencia, evidenció lo vulgar de su ejercicio. Me gusta imaginar que ambos robos fueron realizados por el primero, por aquel ladrón de manos educadas.

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