Reflexiones Marginales

No. 16 - El cine, sus meandros y sus ríos

No. 12 - Monstruos

Monstruos, prodigios y maravillas en el imaginario occidental

 

Los monstruos son lo otro, pero pueden reflejar nuestra condición y por eso nos obligan a pensarlos. Antes del empirismo científico eran pensados como criaturas que habitaban el reino de los prodigios; ellos mismos eran presagios. En la era científica se piensa en ellos porque se sabe que hay capacidad para producirlos…

 

La imaginación ha poblado de monstruos el mundo sensible desde tiempos remotos. En la Antigüedad hablar de ellos y pensar en prodigios y presagios eran una y la misma cosa. Los dos vocablos inmediatamente se relacionaban porque en su raíz latina lo están. Monstruo, dice la etimología, es mostrar, indicar, hacer ver; pero esa entrada alfabética en el diccionario también remite al vocablo moneo que significa advertir, avisar, hacer saber; y, cuando se revisa monstrum, la equivalencia que aparece es la de maravilla, prodigio, rareza, cosa singular. Este peculiar conjunto semántico permaneció reunido hasta que apareció en la historia el empirismo científico. Thomas Henry Huxley recordó contundente: “El nacimiento de la ciencia fue la muerte de la superstición”.1 Para una, la superstición sufrió un duro revés pero no murió; la ciencia en efecto pisó duro y puso coto a la desbordada superstición pero no la hizo desaparecer. Entonces, en el Seiscientos, la fascinante naturaleza de la monstruosidad, de lo maravilloso, tomó dos rumbos, el de su controvertido estudio científico con resultados probadamente beneficiosos desde el siglo XX,2 y el que siguió atribuyéndole funciones extraordinarias y de admonición.

Es ese segundo camino el que muestra el viaje literario que han hecho los monstruos desde su origen mítico-poético hasta recalar en la expresión estética que definió el decurso del arte en los albores del siglo pasado: el cine.

 

Todas las culturas han dado cuenta oral o escrita de ese fenómeno ubicuo que son los monstruos, los seres compuestos y las maravillas naturales; pero fue Grecia la responsable del impacto que esos portentos produjeron en la mente europea. Su panteón y mitología poblados de todo tipo de criaturas fantásticas no fue impedimento para concebir otra legión de seres no menos legendaria, pero en las antípodas. Seres insólitos, manifestación de lo diferente, de lo otro, tenían que estar distantes pero a la vez a la mano, susceptibles de ser narrados para conjurar los miedos no sublimados en sus propios mitos. Los refirieron como habitantes de tierras lejanas para ellos: India, China…Así, la aceptación de su existencia franqueó cuanta frontera encontró en ese viaje y tomó carta de naturalidad acomodándose a las necesidades de cada situación cultural. Los monstruos y las maravillas sobrecogen tanto porque tienen dosis muy altas de realidad; entrañan las fantasías comunes al género humano; “muchas veces lo sobrenatural está íntimamente ligado con lo humano”.3

 

Entre los primeros tratados que se ocupan del tema de las maravillas está Indica, del médico griego Ctesías de Cnido que ejerció en la corte de Artajerjes de Persia en el siglo IV a.C. En su libro explicó la existencia en la India de toda suerte de seres extraños como los pigmeos que luchaban contra grullas; esta tradición llegó hasta la Edad Media interpretada como una raza de enanos que peleaban contra grifos: ¡la historia seguía viva más de un milenio y medio después! (figuras 1 y 2). También habló de los esciápodos, criaturas que tenían un solo pie con el cual se hacían sombra, de las blemias que tenían el rostro en el pecho y de los cinocéfalos, individuos con cabeza de perro en cuerpos humanos que mucho recuerdan al dios antropomorfo egipcio Anubis, con cabeza de chacal; pero también tendrían vecindad, por su parecido formal, con el proverbial hombre lobo. Otro trabajo principal para dar a conocer lo que el mundo occidental fantaseaba con Oriente fue el que escribió el gramático latino Solino en el siglo III,4 Collectanea rerum memorabilium. Una edición ilustrada de su obra del siglo XIII muestra en una de sus páginas el dibujo del ente descrito. (figura 3) y se puede seguir el rastro visual para constatar su iconografía emparentada en última instancia con el mencionado licántropo, hasta llegar a la conocida imagen de dos casos de hipertricosis. Se trata de Pedro Gonzalvo y su hija. Gonzalvo había nacido en 1556 en Tenerife. Creció en la corte de Enrique II de Francia y también pasó un tiempo junto con su esposa e hijos, en la corte de Margarita de Austria, duquesa de Parma. Ello debido, claro está a su condición de fenómeno; al parecer, Margarita adolecía de un desorden hormonal parecido. (figuras 4, 5, 6, 7, 8 y 9).

 

Las maravillas y monstruos percibidos como presagios se difundieron por una geografía muy vasta. Su dilatada andadura los llevó hasta América de la mano de los descubridores, conquistadores e incluso evangelizadores. No es extraño que sus testimonios y crónicas los contemplen como criaturas sorprendentes: seguían proyectando un imaginario multisecular que daba cabida a seres que habitaban tierras remotas y aquellas latitudes, a las que no en balde nombraron Indias Occidentales, también lo eran. Incluso se puso en boca de los naturales relatos de la aparición de prodigios y fenómenos que vaticinaron la destrucción de sus civilizaciones. El inmenso trabajo del fraile minorita Bernardino de Sahagún Historia general de las cosas de la Nueva España reporta la aparición, según el relato indígena, de seres monstruosos con dos cabezas, entre otros presagios que antecedieron a la Conquista de México. Resulta que este tipo de anomalías estuvo también vinculada a malos augurios desde antiguo en tratados medievales e incluso anteriores. (figuras 10 y 11).

 

Entre las criaturas monstruosas hay una que causa estupor; su ambigüedad resulta perturbadora pero atractiva a la vez por bizarra; se trata del hermafrodita. La fascinación que ejerció quizá estuvo relacionada con la antigua especulación de haber poseído en el principio de los tiempos dos naturalezas en el mismo ser…, la unidad de los géneros femenino y masculino en el mismo individuo. Como fuere, lo cierto es que dejó ejemplos plásticos de primer orden como el exquisito mármol de la Antigüedad Clásica que reproduce el tema. (figuras 12 y 13)

 

Dejo aquí estos comentarios acerca del antiquísimo y apasionante tema de la monstruosidad y lo maravilloso. Acaso dé más de sí y se convierta en reflexión central al insertarse en este número de Reflexiones Marginales que ha dedicado al tema este número de noviembre.

 

María del Carmen Alberú Gómez

Barcelona

Otoño MMXI

 


Lista de figuras.

 

Figura 1. Pigmeo luchando contra grulla. Grecia. cerámica ática de figuras rojas. Siglo IV a.C. Museo de L’Hermitage.

 

Figura 2. Lucha entre hombre y grifo. Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia. Barcelona. Portal de san Ivo. s. XIII.

Figura 3. Solino. Collectanea rerum memorabilium. Cod. C. 246 inf., f.57 r. Siglo XIII. Biblioteca Ambrosiana, Milán.

Figura 4. Licaon transformado en hombre lobo por Zeus. Agostino Veneziano. 1523. grabado. British Museum. Londres.

Figura 5. El libro del rey Alejandro. Edición de Jean Wauquelin. 1448. BNF. París.

Figura 6. Cinocéfalo. Acuarela. Bestiario anónimo. Abadía de Saint-Germain-des-Pres. S. XVI. BNF. París.

Figura 7. De animalium proprietate libellus. Licántropo cazando un conejo. Manuscrito griego. S. XVI. Bilioteca Marciana. Venecia.

Figuras 8 y 9. Retrato de Pedro Gonzalvo y de su hija. c. 1580. Castillo de Ambras, Innsbrück.

Figura 10. Octavo presagio antes de la conquista española. Códice Florentino, l. VIII, fol. 13 r.

Figura 11. Prodigios, tempestad horrenda, calamidades, cometas, nacimiento de cuadrúpedos y bicéfalos. Liber Chronicarum fol. CLI v. Hartman Schedel. 1493.

Figura 12. Hermafrodita. A short history of human prodigious and monstrous births. James Duplessis. Sloane. MS 5246, British Library. London. c. 1680.

Figura 13. Hermafrodita. Mármol. Siglo II. Copia romana de un original helenístico del siglo II a.C.

 

 

1 Huxley (1825-1895). Destacado biólogo británico seguidor de la teoría evolucionista de Charles Darwin.

2 Xenia Villalobos aborda precisamente el tema desde su vertiente científica en este número de Reflexiones Marginales.

3 Juan Carlos Fresnadillo en entrevista para Encuentros Digitales, Antena 3.com, octubre de 2011, a propósito de su película Intruders de la que señaló: “es un viaje desde lo fantástico a lo humano”. En ella desarrolló al personaje monstruoso Carahueca (Hollow Face), leitmotiv del filme.

4 La última información indica que vivió a mediados del siglo IV. El dato del siglo III fue de Theodor Mommsen.

Nombrar al monstruo

Para Vicente Quirarte,

Roberto Coria y

Eduardo Ruiz Saviñón.

Quienes también prefieren el túnel

a la prometedora luz al final del sendero

 

Las fibras primarias que dan vida al presente texto son las de aquellas criaturas que, traicionadas por el mundo de las cosas que no supo darles cabida, se mudaron a terrenos más adecuados, a geografías desde las cuales pueden ejercer sus poderes en plenitud, lugares que de tan íntimos rodean al hombre y lo desbordan desde su propia imaginación. Y es que en efecto, los monstruos se han transformado de muchas formas desde su primera “aparición”. Transformaciones estas que, por encima de todo, son prueba de que la monstruosidad y las figuras en las que cobra vida permanecerán siempre ligadas al hombre. Rastrear el origen exacto de lo monstruoso sería una labor tan monolítica como fútil, pues se requeriría hallar el momento justo en que lo desconocido irrumpió de manera contundente en el sentir del alma humana; el momento justo en el cual el designio divino fue roto y el hombre primitivo se vio imposibilitado para dar nombre a aquello que se mostraba ante sus ojos. El propio término empleado para designar a estos seres se refiere a esta condición de asombro, al rompimiento y desmesura que su aparición significa. De hecho, según lo observa Omar Calabrese, la palabra Monstruo tiene dos orígenes de fondo

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Cuerpo, fantasma y paraíso artificial

A las tres de la mañana del viernes 3 de mayo de 1901, antes de cumplir los 21 años, llega al fin de sus días el poeta Bernardo Couto Castillo. Escasos deudos acompañan la improvisada capilla ardiente en el interior de su casa en la Calle Verde (hoy José María Izazaga) donde vivía con su amante francesa, Amparo, dueña del Hotel del Moro. La madrugada dista de ser silenciosa. Los albañiles que celebran su fiesta de la Santa Cruz signan con blasfemias, involuntaria pero estridentemente, la despedida de quien, como ellos, hizo del alcohol una de sus ocupaciones centrales. En una de las sillas de bejuco que las enlutadas han colocado en la habitación se encuentra Rubén M. Campos, quien no podía dejar de recordar la prefiguración de la muerte cuando días atrás el más joven de los poetas del grupo había llegado, casi agónico, al muelle de la cantina en turno:

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Algunos casos de los gemelos unidos en la literatura

“Cada uno nace solo y cada uno muere solo”, o por lo menos así lo plantea Sartre. Pero ¿es aplicable esta sentencia en el caso de los gemelos unidos, llamados hasta hace poco “gemelos siameses”? Dicha nomenclatura se debe a unos hermanos del siglo XIX y que se distinguían por una especificidad congénita –compartían una banda de cartílago a la altura del ombligo así como el hígado. Estas personas de la vida real han perseguido la imaginación literaria de América del Norte, como lo ilustra el escritor Mark Twain quien les consagra un relato titulado “Personal Habits of the Siamese Twins”. En las ficcionalizaciones posteriores, como en la de John Barth de los años 60 del siglo XX, se narra la vida de estos hermanos de manera humorística:

“(…) hasta Chang y Eng, esos parangones de cooperación tuvieron sus diferencias. Chang era un borrachín, Eng era abstemio; a Eng le gustaban las partidas de damas que duraban toda la noche. Chang no era jugador; al menos en unas elecciones votaron a candidatos opuestos; (…)” (75).

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De la temporalidad en el video y en el cine de suspenso y horror

“What sort of things do you remember best?”[…]

“Oh, things that happened the week after next”.

Lewis Carrol.

 

La estructura argumentativa de este texto es muy simple: en la primera sección discerniremos entre el enfoque antiguo y el moderno respecto a la temporalidad para mostrar que en virtud del fundamento subjetivista de la experiencia que la Modernidad ha dado desde un principio por sentado, se vuelve insoluble el problema de la unidad metafísica entre, por una parte, el tiempo en cuanto ciclo que se renueva por siempre y que rige por igual a la naturaleza y al hombre y, por la otra, en cuanto curso o sucesión lineal que avanza sin que sea dable detenerlo y que concluye en la muerte del individuo, lo cual, a su vez, implica que éste tiene, al menos en principio, que desarrollar por su cuenta el modo en que habrá de hacer frente o darle sentido a su finitud o, mejor dicho, a su mortalidad, lo cual produce aun en el mejor de los casos una sui generis perturbación en cada cual que la Antigüedad palió por medio de una concepción ritual o trascendente de la existencia (que culminó en el dogma cristiano de la inmortalidad personal) y que la Modernidad tiene, sin embargo, que asumir sin paliativos de por medio a falta justamente de esa concepción (a la cual no puede apelar en virtud de la racionalidad crítica que la sustenta), lo que se traduce en un dramatismo y una desesperación que a duras penas se compensan con la multiplicidad de posibilidades de acción que cada cual tiene, al menos en teoría, al alcance de la mano y cuya máxima representación, según nuestro modo de ver el asunto, corre a cargo del cine; en otras palabras, el cine saca a la luz una forma peculiar de desequilibrio que no tiene nada que ver con la demencia o con el delirio antiguos sino con la escisión moderna entre los ciclos naturales de la realidad y la temporalidad subjetiva que se experimenta en oleadas incontenibles. Es más, esto explica por qué el desequilibrio del cual hablamos le da a la existencia moderna ese tinte extraordinariamente dramático y dinámico que, como acabamos de decir, llega a su cúspide en el cine. Una vez que hayamos puesto en claro todo esto, en la segunda sección elucidaremos con un ejemplo cómo la irreductible diferencia entre un ciclo temporal con perfecta coherencia interna y el curso lineal de la temporalidad individual se debe en el fondo a la fuerza bruta que la realidad ejerce a través del terror o de una obsesión alucinante que pone en jaque la idea de la supremacía de lo humano respecto a lo natural.

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