Reflexiones Marginales

No. 16 - El cine, sus meandros y sus ríos

No. 2 - Michel Foucault: gubernamentalidad, poder y verdad

Máquina y Disciplina

 

Bienvenido hijo mío, bienvenido a la máquina

Roger Waters.

 

¿Es posible hablar de máquina en el contexto del suplicio? ¿Cuál es la estructuración del reticulado que permite semejante ardid?  ¿Qué sucede con dicha figura en la emergencia de una racionalidad punitiva? ¿Qué posición ocupa la máquina en esta otra configuración? 

Para el lector de Vigilar y Castigar estás preguntas podrían parecer una aberración, o en el mejor de los casos un descuido de lectura, una mala interpretación, un error. Sin embargo, la pretensión de formular estás preguntas establece la necesidad de replantearnos la noción de máquina como figura del pensamiento en la realización manifiesta de una racionalidad punitiva. Será pertinente aclarar desde el principio que la “maquina” que constituye semejante descripción no representa el desarrollo lineal de un concepto y / o de un estadio perteneciente a dicha racionalidad constituida en el siglo XVIII.

 Lo anterior tendría, al menos como objeción precisamente que el suplicio (el cual no obedece aún a una codificación “maquinal” en los términos en que el autor señala), pertenece éste a otro reticulado, a otras formas de asociación de significantes y de prácticas estructuradas; diríamos para simplificar que el suplicio pertenece a otra racionalidad punitiva. 

De lo que trataremos en primer lugar es de la noción de máquina en el contexto del suplicio como forma de punición; como un ardid al margen que no establece primacía en la articulación de semejante contexto; para tal fin hemos decidido utilizar un relato de Franz Kafka ya que nos parece ilustrar de una manera breve pero contundente la noción del castigo como suplicio. Posteriormente, en un segundo apartado nos introduciremos de lleno a la noción de máquina desarrollada por Michel Foucault como el antecedente inmediato de las sociedades disciplinarias. Dicha figura que conlleva en su estructuración el despliegue de una racionalidad punitiva quiere ser señalada más que como el rastreo de un desarrollo lineal, como una ruptura cuya emergencia rebasa la configuración de un ámbito especifico –el espacio de encierro, la colonia penitenciara- hacia la ordenación de los cuerpos –biológicos y sociales-.

 

Maquina-supliciante

De lo que trataremos en este inciso es de la noción de máquina en el contexto del suplicio como forma de punición; como un ardid al margen que no establece primacía en la articulación de semejante contexto, y por tal motivo hemos de renunciar –momentáneamente- a Foucault para ilustrar como dicha técnica marginal al pertenecer a toda una configuración distinta adquiere un sentido-utilidad en ésta. De aquí la necesidad de referirnos a la maquina-supliciante que la magistral pluma de Franz Kafka nos describe en su cuento breve “En la colonia penitenciara”.

Este sitio sumido en un arenoso valle y “completamente encerrado entre riscos pelados”

 ha debido desarrollar un funcionamiento autónomo al margen de otra autoridad que no fuera su comandante: “la organización de la colonia era algo tan acabado que su sucesor, así tuviera mil nuevos planes en la cabeza, por lo menos durante muchos años no podría cambiar nada de lo que había hecho el viejo”.

 De tal manera que la administración de tal lugar operaba ya de manera casi anónima; las regulaciones y procedimientos habían sido prescritos con anterioridad y su administración consistía en mantenerla funcionando.

En este contexto se realizará la ejecución de un prisionero a la par que es llevada a cabo una inspección en semejante lugar, el cual se ha mantenido cerrado. Tal situación provoca por un lado la expectación por parte del inspector; y por otro, la ostentación del oficial a cargo. Ésta tiene como motivo de fascinación la máquina: instrumento de ejecución, aparato manufacturado para ejercer castigo sobre el cuerpo del condenado; permanece como un engranaje –quizá el más espectacular- de aquélla isla de castigo. Espectacular para el expectante, instrumento cotidiano para aquel lugar: “Con el andar del tiempo, se han ido formando ciertas denominaciones, hasta cierto punto populares, para cada una de las partes. La parte de abajo se llama la cama, la de arriba el dibujante, y esta del medio, esta parte que oscila, se llama la rastra.”

 

La maquina forma, como cualquier otro mueble, un artefacto cotidiano, uno más con el cual se le familiariza a partir de una nomenclatura de uso común. Pero ésta, además de establecer la relación de familiaridad dentro de la colonia también ofrece un parámetro de descripción; una elemental categorización que permite articular teórica y prácticamente una pedagogía instructiva como la que ofrece el oficial al inspector:

Aquí sobre la cama se coloca al condenado. Se trata de que yo quiero describir primero el aparato, y sólo entonces llevar a cabo yo mismo el proceso; de esa forma usted lo podrá seguir mejor. Hay, además, en el dibujante un engranaje que está demasiado gastado; chirría cuando está en funcionamiento; entonces, uno apenas puede entenderse; lamentablemente acá es muy difícil conseguir repuestos. Aquí, entonces, está la cama, como dije; está completamente cubierta con una capa de algodón en rama; también se enterará de qué finalidad tiene esto; sobre este algodón se coloca al condenado boca abajo, por supuesto completamente desnudo; aquí hay unas correas para los pies, aquí unas para las manos y aquí una para el cuello, a fin de sujetar bien al condenado. Aquí en la cabecera de la cama, donde, como le dije, el hombre se apoya primeramente con la cabeza, está este pequeño tapón de fieltro, que se puede regular fácilmente, de modo que se le meta derecho en la boca; tiene por finalidad evitar que grite y que se muerda la lengua; naturalmente el hombre tiene que aceptar el fieltro, si no por la acción de la correa del cuello se le quebraría la nuca...

 

 

La rastra (una conjunto de agujas de cristal) se amolda al cuerpo sometido, a sus partes: una serie para el torso, otra para los brazos, otra para las piernas y un punzón especial para la cabeza.

 Cada parte de la máquina tiene su propia batería, la fuente de energía que necesita para realizar, en movimientos precisos, exactamente calculados, la condena: Escribir en el cuerpo del condenado la disposición quebrantada.

  

De tal manera que “cuando el hombre está acostado en la cama y ponen a ésta a temblar, la rastra baja sobre el cuerpo; por sí misma se coloca de tal forma que roza el cuerpo apenas solamente con las puntas; no bien se ha establecido el contacto, esta cinta de acero se pone inmediatamente rígida como una barra. Y ahora empieza la función. Un no iniciado no advierte diferencia alguna entre los castigos; la rastra parece trabajar uniformemente; al vibrar clava sus dientes en el cuerpo, el cual, además, se estremece desde la cama. Ahora bien: para que todos puedan verificar la ejecución de la condena, la rastra fue hecha de cristal; ocasionó algunas dificultades de carácter técnico asegurar las agujas en ese material, pero después de muchos intentos se lo logró; no hemos escatimado esfuerzos. Y ahora todos pueden ver a través del cristal cómo se lleva a cabo la inscripción en el cuerpo ¿No quiere acercarse y observar las agujas?”

 

La ejecución está concebida en el ámbito de lo espectacular; no es la plaza pública del condenado de Damiens, sin embargo, el propio diseño de la máquina implica la visibilidad de la ejecución: la ejemplaridad del castigo como acción visible e inscribible en el cuerpo son funciones constitutivas de la maquina y elementos del suplicio; se ejerce el castigo mas como una venganza –en este caso por la disposición violada- que exponga y advierta la restitución de la ley. Por si fuera poco, la visibilidad del castigo obedece también a un carácter estético o artístico: la maquina-supliciante ejecuta en sus exactos movimientos la inscripción de una sentencia a partir de un diseño basado en una ornamentística que se inscribe de igual modo en el cuerpo condenado:

No es caligrafía para niños del primario. Hay que leer largamente en él. Con seguridad también usted lo interpretaría. Naturalmente, no puede ser una escritura simple; es que no debe matar en seguida, sino en, término medio, en un lapso de doce horas; el momento crítico está calculado para la hora sexta; por lo tanto, la escritura en sí debe estar rodeada de muchos, muchos adornos; la verdadera escritura cubre el cuerpo sólo en una pequeña faja; el resto del cuerpo se destina a ornamentaciones. ¿Puede ahora apreciar el trabajo de la rastra y todo el aparato?

 

 

La funcionalidad entera de la máquina conjuga los elementos del suplicio al tiempo que constituye un elemento más de toda una ordenación punitiva, de sus procedimientos: se constituye el uso de la técnica como verdugo anónimo. La maquina, en Kafka, deviene signo de lo inhumano, elemento inserto en una organización brutal e impersonal: la colonia penitenciara. Y ésta es objeto de suspicacia ante un nuevo ordenamiento al cual le resultará bárbara y obsoleta: moralmente inútil y por lo tanto condenada a desaparecer.

 

Maquina-disciplinaria

En el siglo XVII, señala Foucault, la docilidad se constituye como el punto de cruce entre el registro clásico y el registro moderno sobre el interés que se tiene sobre el cuerpo: entre la inteligibilidad del cuerpo y su utilidad.

 Ésta une al cuerpo analizable con el cuerpo manipulable; el saber que se produce al mismo tiempo se aplica en el sometimiento, utilización, transformación y perfección de su objeto.

 Es decir, en esta época se crean una serie de técnicas cuya novedad radica en los siguientes aspectos:

En primer lugar, la escala del control: no estamos en el caso de tratar el cuerpo, en masa, en líneas generales, como si fuera una unidad indisociable, son de trabajarlo en sus partes, de ejercer sobre él una coerción débil, de asegurar presas al nivel mismo de la mecánica: movimientos, gestos, actitudes, rapidez; poder infinitesimal sobre el cuerpo activo. A continuación, el objeto del control: no los elementos, o ya no los elementos significantes de la conducta o el lenguaje del cuerpo, sino la economía, la eficacia de los movimientos, su organización interna; la coacción sobre las fuerzas más que sobre los signos; la única ceremonia que importa realmente es la del ejercicio.

  

 

De lo que se trata ahora, es de una coerción constante e ininterrumpida que vigila la actividad propia del cuerpo, la cual busca aproximar el tiempo, el espacio y los movimientos en una codificación minuciosa.

 Se busca formar un vínculo que consolide la relación docilidad-utilidad del cuerpo humano; un mecanismo que lo explore, desarticule y recomponga a partir de un arte de las coerciones, de técnicas que garanticen la sujeción constante de sus fuerzas.

 

   Esta serie de prescripciones o métodos de manipulación calculada concretan las “disciplinas” que intervienen sobre el cuerpo, son las técnicas que hacen del cuerpo presa; en tanto conjunto, componen toda una “anatomía política”, que a decir del autor se trata igualmente de una “mecánica del poder”.

 

La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos “dóciles”. La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia)”. En una palabra: disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una “aptitud”, una “capacidad” que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta.

 

 

El vínculo que se consolida entre el aumento de la fuerza y aumento de la sujeción constituye en toda mecánica de poder una microfísica, que a decir del autor no se trata ni de una invención ni de un descubrimiento propiamente dichos. Se trata de la formación de un reticulado a partir de procesos menores, ardides y minucias que con frecuencias no son considerados o son marginalmente considerados en ordenes anteriores; estos procesos se conjugan de forma arbitraria, convergen y se apoyan mutuamente y así van forjando todo orden donde cada técnica, cada disciplina adscribe una política del cuerpo:

 “Ardides, menos de la gran razón que trabaja hasta en su sueño y da sentido a lo insignificante, que de la atenta “malevolencia” que todo lo aprovecha. La disciplina es una anatomía política del detalle.”

 

Estas disciplinas que en su convergencia han ganado espacio y constituido un ordenamiento a detalle de las coerciones sobre el cuerpo anatómico podrían incluso extenderse al cuerpo social más allá del carácter punitivo en que se consolidan en la modernidad; esta amenaza de sometimiento se debe principalmente a la constitución de una sociedad disciplinaria que opere bajo la orquestación de ardides que se conjugan para crear esta anatomía política del detalle. Sobre estos últimos Foucault señala básicamente cuatro: 

el arte de las distribuciones; esta utiliza básicamente dos técnicas, la clausura, y los emplazamientos funcionales: en el primer caso se trata de constituir un lugar homogéneo y cerrado que permita establecer la operatividad de los emplazamientos, la funcionalidad de los lugares, la especificación de sitios, la categorización mediante puestos o “celdas”, el  lugar que ocupan en la distribución del espacio los individuos; se trata de técnicas que permiten establecer un conocimiento, un dominio y una utilización de los cuerpos a partir de una analítica del espacio.

 

el control de la actividad; cinco técnicas lo componen: el empleo del tiempo, la elaboración temporal del acto, el establecimiento de la correlación del cuerpo y el gesto, la articulación cuerpo-objeto y la utilización exhaustiva; como se deja entrever en este ardid el tiempo penetra al cuerpo en su actividad, comportamiento y utilización a la vez que se pretende la extracción creciente del empleo del propio tiempo, de tener mayor número de momentos disponibles; de lo cual el cuerpo se transforma de un ensamblado mecánico en un “organismo” cuyas prescripciones inciden en el mayor rendimiento del tiempo y en la economía del gasto de su empleo en la actividad del cuerpo.

 

la organización de la génesis; aquí operan toda una serie de técnicas para realizar toda una analítica del tiempo fijando segmentos, esquemas, términos o finalidades, y series de los mismos que determinen el nivel y grado de cada sujeto en su empleo del tiempo; se trata de una fiscalización de la duración del poder, de poseer un inventario detallado que permita la intervención puntual y la utilización y disponibilidad del uso del tiempo inscrito en los cuerpos: del mayor uso de la actividad a partir de un control exhaustivo por medio de codificaciones detalladas que permitan de algún modo acumular el tiempo.

  

la composición de fuerzas; en ésta el cuerpo singular se convierte en una pieza de engranaje cuya definición ya no es la fuerza que produce sino el lugar que ocupa, el intervalo que cubre; de la misma manera, se debe componer el tiempo de dichos desplazamiento en el ajuste del tiempo de los otros de forma que sea posible su máxima utilización; dicha combinación requiere un sistema preciso de mando, órdenes cuya eficacia y claridad provoquen el comportamiento deseado.

 

La disciplina entonces constituye una maquinaria cuyo efecto será concertar la articulación de fuerzas a partir de ordenes claras y comportamientos específicos y regulados que no den lugar al desaprovechamiento de las capacidades de los cuerpos. En Foucault, la máquina no será el instrumento del suplicio; ésta reaparecerá como el resultado de un nuevo ordenamiento de ciertos dispositivos correlativos al cuerpo. La máquina aparece ahora como esta articulación de las fuerzas extraídas con el fin de aumentar su rendimiento a partir del mayor control o sometimiento de sus partes: éstas son los cuerpos, los individuos o los sujetos como engranajes o piezas de la misma. 

Si la máquina en Kafka aparecía como un instrumento de castigo y desaprecia por su obsolescencia y su carácter inhumano; la máquina en Foucault constituye todo un reticulado donde el castigo se instituye como dominio y utilización de los individuos, en tanto que convergen las justificaciones del mejor empleo del tiempo, la corrección de la conducta, y el combate al ocio como origen de los vicios: la máquina se erige pues como humanitaria, lo inhumano se vuelve humano y justifica la docilización de los cuerpos, su encierro en una categoría que permita determinarlos y el empleo de tal conocimiento en el aprovechamiento de sus fuerzas. 

Tanto Foucault como Kafka son testigos de un siglo donde la intervención de la máquina en la construcción de los sujetos y sus relaciones con el mundo causó conmoción. Si bien hemos querido ilustrar en la primera parte cómo la máquina opera aún en el contexto del suplicio, la denuncia kafkiana no es muy distinta del análisis foucaultiano: la inhumanidad correlativa a la producción humana en la figura de la máquina. La consolidación de un modo de establecer parámetros y controles de la propia existencia a partir de disciplinas y técnicas coercitivas en el cuerpo que en cada caso somos.

 

Bibliografía.

Foucault, Michel, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, México, Ed. Siglo XXI, 2008. Trigésimo quinta edición.

Kafka, Franz, “En la colonia penitenciara” en Relatos completos, Buenos Aires, Ed. Losada, 2003.

Gubernamentalidad. aporías de la resistencia

 

La vida de los comerciantes, de los cocheros, de los seminaristas, de los presidiarios y de los campesinos me resulta monótona, aburrida, y todas las acciones de esas gentes se me antojan resultado en gran medida de los mismos resortes: la envidia hacia las castas más afortunadas, la avaricia y las pasiones materiales. Y si todas las acciones de esta gente se originan por estos resortes, entonces sus acciones quedan tan dominadas por estos impulsos, que resulta difícil entenderlas, y, por lo tanto, describirlas. 

Lev Tolstói, Guerra y paz

¿Qué es un alienado auténtico? Es un hombre que ha preferido volverse loco, en el sentido que socialmente se entiende, a prevaricar con cierta idea superior del honor humano. 

Antonin Artaud, Van Gogh. El suicidado por la sociedad

 

¿Podemos vivir sin estar en una sociedad disciplinaria? La interrogante esconde una problemática que acompaña a diversas interpretaciones sobre Foucault, esto es, el dilema que provoca el carácter diagnóstico y nunca prescriptivo de su obra. En algunas lecturas se puede correr el riesgo de interpelar apresuradamente: ¿Qué hacer? Una vez que tenemos una imagen no sustancial del poder y los mecanismos de dominio han sido desenmascarados: ¿Qué hacemos? Una vez que el saber otorga identidad al sujeto, pero simultáneamente, las fuerzas del poder con él entretejidas lo someten y lo oprimen. Entonces, ¿qué hacer? ¿Existe un espacio para la resistencia? 

Ciertas personas, señalaba Foucault, no hallan en mis libros consejos o instrucciones que les digan “lo que hay que hacer”. Pero mi proyecto es, precisamente, conseguir que “ya no sepan qué hacer”, de modo que los actos, gestos y discursos que hasta entonces han dado por descontado se conviertan en problemáticos, difíciles y peligrosos.

 

La ausencia de un ideal de emancipación en Foucault, sin embargo, no evidencia a la pregunta inicial como un falso problema. Así, lo que intentaré sugerir en esta digresión es que si bien consideramos actualmente imposible responder a la pregunta, tampoco podemos renunciar a la exigencia de formularla y reformularla. 

En “La gubernamentalidad”, una de las lecciones que dictó en el Collége de France durante 1978, Foucault explica que, a través del análisis de algunos dispositivos de seguridad, intentó ver cómo aparecían los problemas vinculados específicamente con la población, y “al mirar estos problemas un poco más de cerca, inmediatamente se vio remitido al problema del gobierno”

. A continuación intentaré trazar algunas líneas generales de uno de los objetivos de aquellos cursos, que consistía en articular la serie seguridad-población-gobierno.  

Durante el siglo xvi, nos dice Foucault, estalla con particular intensidad la problemática del gobierno en general. Cómo gobernarse, cómo ser gobernado, cómo gobernar a los demás, por quién se debe aceptar ser gobernado, qué hacer para ser el mejor gobernante posible, son, en su multiplicidad, problemas característicos de dicho siglo. Esos asuntos se plantean, de manera esquemática, en el cruce de dos procesos: un movimiento de concentración estatal (se deshacen las estructuras feudales y se instalan los Estados administrativos) y otro de dispersión y disidencia religiosa (Reforma y Contrarreforma). A mediados del siglo xvi surge una inmensa producción de literatura sobre el gobierno que se extiende hasta finales del xviii. A partir de un análisis comparativo de El príncipe de Maquiavelo, en el que aquí no ahondaremos por razones de espacio, Foucault concentra su reflexión en los puntos relativos a la definición misma de lo que se entiende por gobierno de Estado. Uno de los problemas centrales que se propone es el de la racionalidad del gobierno, es decir, la manera en que el gobierno piensa su práctica.

 

El arte de gobernar que irrumpe en el siglo xvi, dice Foucault, se bloquea por razones históricas durante el xvii. Las instituciones monárquicas eran hegemónicas, el ejercicio del poder se reflejaba como exclusivo de la soberanía, de tal forma que el arte de gobernar no podía desarrollarse de manera autónoma. Para explicar lo anterior Foucault se ocupa de la configuración del mercantilismo, que es la primera racionalización del ejercicio del poder como práctica del gobierno, y la primera vez que comienza a constituirse un saber del Estado que puede ser utilizado como táctica del gobierno.

“El mercantilismo se encontró bloqueado y detenido, precisamente porque se propuso como objetivo esencial la potencia del soberano.”

 Su propósito era pensar qué hacer, no tanto para que un país fuera rico, sino para que el soberano pudiera disponer de riquezas.

Más adelante, Foucault sitúa el desbloqueo del arte de gobernar en la abundancia monetaria, el aumento de la producción agrícola y, de manera más precisa, en la expansión demográfica del siglo xviii. Así, aparece la población, en el marco de una urbanización vertiginosa, como una categoría problemática. “Gracias a la percepción de los conflictos específicos de la población y al aislamiento de ese nivel de realidad al que llamamos economía, el problema del gobierno pudo por fin ser pensado fuera del marco jurídico de la soberanía”.

 

A través de la estadística, reducida anteriormente a funciones de la administración monárquica, se revela que, por sus desplazamientos, por sus maneras de hacer, por su actividad, la población tiene efectos económicos específicos. De esta manera, la población emerge, más que como una potencia del soberano, como el fin y el instrumento del gobierno. “La población aparecerá como sujeto de necesidades, de aspiraciones, pero también como objeto entre las manos del gobierno, consciente frente al gobierno de lo que quiere, e inconsciente también de lo que se le obliga a hacer”.

 

Cuando la red continua y múltiple de relaciones entre población, territorio y riqueza devienen objeto de estudio, se constituye la ciencia que denominamos “economía política”. En resumen, en el siglo xviii asistimos al tránsito de un arte de gobernar a una ciencia política, de un régimen dominado por las estructuras de soberanía a un régimen dominado por las técnicas del gobierno.

De manera genérica, y por consiguiente inexacta, Foucault reconstruye la historia de las grandes economías de poder en Occidente de la siguiente manera: 

En primer lugar, el Estado de justicia, nacido en una territorialidad de tipo feudal y que correspondería a grandes rasgos a una sociedad de la ley, con todo un juego de compromisos y litigios; en segundo lugar, el Estado administrativo, que corresponde a una sociedad de reglamentos y de disciplinas; y, por último, un Estado de gobierno que ya no es definido esencialmente por su territorialidad, por la superficie ocupada, sino por una masa: la masa de la población, con su volumen, su densidad, naturalmente con el territorio sobre el que se extiende, pero que no es, en cierto modo, más que un componente de aquélla. Este Estado de gobierno, que se apoya esencialmente sobre la población, que se refiere a la instrumentación del saber económico y la utiliza, correspondería a una sociedad controlada por los dispositivos de seguridad.

 

Es importante recordar que Foucault nunca sostuvo —como quizá podrían haberlo sugerido Hardt y Negri en Imperio, una sucesión de dispositivos de poder; se trata más bien de una coexistencia de planos, de un devenir, no de una historia, diría Deleuze. 

Es necesario que no comprendamos en absoluto las cosas como la sustitución de una sociedad de soberanía por una sociedad de disciplina, y después la de una sociedad de disciplina por una sociedad, digamos, de gobierno. Se da, en efecto, un triángulo: soberanía-disciplina-gestión gubernamental.

 

La disciplina, junto con su florecimiento en el siglo xvii en instituciones como escuelas, talleres o los ejércitos, no desaparece. Al contrario, la idea del gobierno de la población agudiza aún más el problema de la fundamentación de la soberanía y también agudiza aún más la necesidad de desarrollar las disciplinas. 

Administrar la población no quiere decir, sin más, administrar la masa colectiva de los fenómenos o gestionarlos simplemente en el nivel de sus resultados globales; administrar la población quiere decir gestionarla igualmente en profundidad, con delicadeza y detalle, quirúrgicamente.   

En este intento por mostrar el movimiento que hace aparecer a la población como un dato, como el fin de las técnicas del gobierno, Foucault comenta que si hubiese querido darle un título más exacto al curso, seguramente no habría elegido el de “seguridad, territorio y población”, sino “historia de la gubernamentalidad”, a la que define como “el conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer esta forma tan específica, tan compleja, de poder, que tiene como meta principal la población, como forma primordial de saber, la economía política, y como instrumento técnico esencial, los dispositivos de seguridad”.

 

Esta definición apuntala de alguna forma lo que decíamos arriba en relación con la coexistencia de planos: la gubernamentalidad no es un periodo histórico que sucede al Estado de justicia y al administrativo, más bien se muestra, sin duda, una retícula de poder multiplicada en complejidad. Nunca la disciplina resulta más importante y más valorada que a partir del momento en que se intenta gestionar la población.

Por otra parte, es de llamar la atención cuando Foucault caracteriza además a la gubernamentalidad como “la tendencia, la línea de fuerza que, en todo Occidente, no ha dejado de conducir, desde hace muchísimo tiempo, hacia la preeminencia de ese tipo de poder que se puede llamar ‘gobierno’ sobre todos los demás: soberanía, disciplina”.

 

¿Qué quiere decir que un tipo de poder tenga preeminencia sobre otro? Quizá esta pregunta resulte particularmente difícil sobre todo cuando ya hemos acentuado la no sustitución y la no sucesión de dispositivos. Sólo como clave apresurada sobre el asunto, apuntamos lo siguiente: en otro curso, Foucault preguntaba a su audiencia: “¿Es posible resituar al Estado moderno en una tecnología general de poder que haya asegurado sus mutaciones, su desarrollo, su funcionamiento? ¿Se puede hablar de una 'gubernamentalidad', que sería para el Estado lo que las técnicas de segregación eran para la psiquiatría, lo que las técnicas de disciplina eran para el sistema penal, lo que la biopolítica era para las instituciones médicas?”

 

Tal vez la segunda pregunta revela, sólo para términos escolares, el mapa argumentativo de Foucault. Si en Vigilar y castigar la prisión es analizada como el resultado del desarrollo del poder disciplinario, podríamos considerar que en las lecciones de finales de la década de 1970 aborda a la institución estatal como el resultado del desarrollo del poder gubernamental. 

Ahora bien, recordemos que para Foucault no existe una localización puntual y única del poder. De esta forma, a pesar de que en los cursos que aquí examinamos, abordaba específicamente a la institución estatal, nunca consideraría a ésta como un lugar privilegiado del poder. Su poder —siguiendo la interpretación de Deleuze— es un efecto del conjunto. La preeminencia de la forma gubernamental del poder no es equivalente a una preeminencia estatal. 

La problemática de la gubernamentalidad, dice Frédéric Gros, instalará la idea de una articulación entre formas de saber, relaciones de poder y procesos de subjetivación. Se establece un gobierno sobre sujetos y con la ayuda de saberes. Las formas de saber y de relación con el sí mismo serán pensadas cada vez más, antes que como simples extensiones del poder, como puntos de articulación de procesos de gubernamentalidad.

 

 

Gros afirma que eso significa que formas dadas de subjetividad o de saberes determinados podrán operar como resistencias a ciertos procedimientos de gubernamentalidad. En su opinión, la categoría de gubernamentalidad podría incluso sustituir, en el análisis de Foucault, a la de poder

. Quizá en este caso el verbo “sustituir”, como hemos visto, no sea el más adecuado. El problema más grave de la interpretación de Gros es cuando sostiene que: 

Demasiado compacta, la noción de poder impedía pensar la resistencia: esta nunca era otra cosa que una modalidad de cierta relación de fuerzas. La idea de resistencia al poder encerraba entonces un contrasentido: no hay resistencia más que en el poder que pueda oponerse a él. En cambio, se puede resistir a formas de gobierno. Es posible negarse a ser gobernado de tal modo o de tal otro, y oponer a formas de saber o de subjetividad articuladas con ciertos procedimientos de gobierno, otros discursos teóricos o maneras de relacionarse consigo mismo.

 

Es a partir de esta noción de gobierno, remata Gros, que Foucault podrá pensar su propio trabajo como introducción de puntos de resistencia. Sin embargo, al menos en las definiciones citadas de “gubernamentalidad”, me cuesta trabajo ubicar algún espacio que dé cabida a esos supuestos puntos de resistencia, al contrario, a partir de su caracterización como una forma “tan específica y tan compleja de poder”, se perfila no sólo una sociedad disciplinaria y normalizadora, sino de acción sobre el entorno y optimización de las diferencias que, en el ámbito abordado por Foucault, tienen efectos ineludibles sobre una población sometida a un Estado. La aporía planteada por Gros permanecería: no habría resistencia más que en la gubernamentalidad que aparentemente pueda oponerse a otra. 

La temática del gobierno nos remite a un “campo posible de acción sobre los otros que, en tanto relación de poder, supone situaciones específicas que en cada sociedad son múltiples y, por tanto, se superponen, se entrecruzan, se anulan, imponen sus propios límites y, también, se refuerzan entre sí.”

 En esa medida, propiamente tendríamos que hablar de gubernamentalidades y no sólo de una gubernamentalidad. Podríamos aun considerar la noción de gubernamentalidad, como lo hemos hecho con las disciplinas, como parte estructural de nuestro modo de estar en el mundo: “El gobierno, tanto como el poder, agrega Foucault, supone una acción, una relación constitutiva de la vida social que es necesariamente de lucha, relación de fuerzas que nunca se plantea como unívoca y total”, y que es al mismo tiempo “recíproca incitación y controversia, menos una confrontación cara a cara que paraliza a ambos lados que una permanente provocación".

 Es quizás aquí donde, si bien no se zanja la aporía de la resistencia, se vuelve posible intentar pensarla no como lucha frontal, sino como una orientación en la retícula de gubernamentalidades que se podría trazar bajo la clave de la provocación sugerida por Foucault, y que aquí sólo dejo como un problema abierto.

Es en esos términos también como la pregunta inicial se reformula y se multiplica: podemos describir nuestra sociedad como una sociedad normalizadora, está claro, pero, nos preguntamos con Deleuze, ¿sigue siendo una sociedad disciplinaria? ¿Qué tipo de individuos produce el poder disciplinario? ¿Podemos vivir sin estar en una sociedad gubernamental? ¿Qué tipo de individuos produce el poder gubernamental? ¿De qué manera específica se lleva a cabo hoy la gestión técnica de los individuos y las poblaciones?

 

 

Bibliografía

Foucault, Michel, “El sujeto y el poder”, en: H. Dreyfus, P. y Rabinow, Michel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 2001.

Foucault, Michel, Seguridad, territorio y población, Buenos Aires, fce, 2006.

Foucault, Michel, Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Madrid, Alianza, 2007.

Giorgi, G. y F. Rodríguez (comps.), Ensayos sobre biopolítica, Buenos Aires, Paidós, 2007.

Gros, Fréderic, Michel Foucault, Buenos Aires, Amorrortu, 2007.

Hardt, M. y A. Negri, Imperio, Barcelona, Paidós, 2005.

Sebreli, J. J., El olvido de la razón, Barcelona, Debate, 2007.

Páginas electrónicas

Castro, E. “Foucault sigue dando cátedra”, [citado 13 Enero 2009] Disponible en la www: <http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2005/01/08/u-900172.htm>.

Grinberg, S. M., “Gubernamentalidad: estudios y perspectivas”. Rev. Argent. Sociol. [online]. ene./jun. 2007, vol.5, no.8 [citado 13 Enero 2009], p.97-112. Disponible en la www: <http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1669-32482007000100007&lng=es&nrm=iso>. 

Loret, I., “Gubernamentalidad y precarización de sí”, [citado 13 Enero 2009] Disponible en la www: http://transform.eipcp.net/transversal/1106/lorey/es>. 

El poder: una permanente provocación

 

Una crítica de la razón política está a la orden del día, y su necesidad es evidente.

         Jacques Donzelot, la policía de las familias.

 

 

El análisis y la crítica políticas están en gran medida por inventar.

         Michel Foucault, Las relaciones de poder penetran los cuerpos.

 

Escenarios y problemas

Los muros se encabalgan entre sí, custodiando rigurosamente la torre central que domina la escena con sus amplios ventanales. Al exterior y al interior, frontal y austera, una geometría punitiva acompaña los márgenes, cobijando los espacios celulares que han de custodiar unos cuerpos apenas arrebatados a los suplicios y pronto destinados a la amenaza y al sometimiento de la vigilancia generalizada del sistema penal. La ventana interior de la torre se dirige a las celdas, donde bastará con poner un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar para el funcionamiento pleno del dispositivo; en el extremo, la expectativa de un final siempre idéntico: el de un sujeto prosternado ante el poder y útil a sus fines. Utopía de mal gusto o dictadura de clase, la tecnología ortopédica del espacio disciplinario tiene por objetivo realizar la ficción normalizadora. Vigilancia, control y corrección serán entonces los principios básicos del dispositivo panóptico que de manera eficiente ha trazado el diagrama de la ciega maquinaria de la visibilidad, el espacio disciplinario por excelencia: el suplemento penitenciario. Nos referimos a la prisión, ese singular complejo arquitectónico que preside el “archipiélago carcelario” de nuestras sociedades, de las que sin embargo no es seguro que sea ni el antecedente histórico ni el lugar mínimo o paradigmático de la dominación. Pero en el que, suponemos, se lleva a cabo una función civilizatoria. No obstante, debemos preguntarnos, ¿cumple esa función? 

Actualmente conocemos muy bien los procedimientos y los efectos de la “forma prisión”, que ha sido el modelo privilegiado por Occidente para la impartición del castigo: enceldamiento individual, visibilidad integral, vigilancia constante, todas ellas disposiciones que acompañan la enmienda del criminal. Este último constituido como el correlato necesario de las disciplinas y del ascenso de la norma como forma sucedánea de la ley, la cual instaura de facto el control en las sociedades disciplinarias. Todas estas disposiciones forman parte de un sistema de pensamiento que, mediante el flaco consenso de la benignidad de las penas y la racionalidad del encierro, extiende la gestión de los ilegalismos como la estrategia política general de una parte de la sociedad sobre su conjunto. Política que tiene como efecto impedir y aplazar, mediante diversas imposiciones y hegemonías, la verdadera discusión democrática sobre los medios de castigo, al apelar al discurso emocional de la seguridad de los ciudadanos. Sin embargo, una lectura estratégica del nacimiento de la prisión muestra que la delincuencia, el ilegalismo sometido, es un agente diferencialmente administrado para el ilegalismo de los grupos dominantes.

 Con la consecuencia de “naturalizar”, mediante lo carcelario, el poder legal de castigar, “legalizando” el poder técnico de disciplinar.

 

Tal es, de manera general, el panorama que Michel Foucault describe en Vigilar y castigar. Una investigación genealógica que se propone descubrir el sistema de racionalidad que subyace a la idea ampliamente extendida desde finales del siglo XVIII, que hace del encierro la mejor forma de castigar las infracciones que se producen en sociedad.

 Este texto, publicado en 1975, forma parte de un importante movimiento de crítica al sistema penal, que eventualmente centra sus modos de acción en una denuncia puntual de las condiciones de detención de los presos, y en otras ocasiones, denuncia radicalmente su propio principio, exigiendo el cierre de las prisiones.

 A partir de esta genealogía de la administración del castigo en un sistema carcelario, la crítica de la razón política no ha podido dejar de ver en la prisión un importante instrumento para la problematización del poder

 

Analizar el poder

Debemos a los desarrollos de Foucault la apertura de este importante campo de estudio de las relaciones políticas, al que llamamos “analítica del poder”. Se trata de un estudio de las relaciones de fuerza inmanentes a lo social que se niega a constituirse en una teoría política, en la medida en que polemiza las objetivaciones de esta última. Las cuales hacen de las relaciones políticas una problematización jurídica y economicista, al formular el análisis político en términos de una disyuntiva como la siguiente: o bien el poder es represivo y restrictivo, por lo cual adopta la forma de la ley y del consenso (modelo legal estructurado en la pregunta ¿qué es lo que legitima el poder?), o bien es isomorfo a la economía y por consiguiente desempeña la función formal de ser un instrumento de la clase dominante (modelo institucional que gobierna la pregunta ¿qué es el Estado?). En ambos casos, argumenta el pensador francés, la especificidad y la materialidad de las relaciones de poder resultan invisibilizadas por la teoría al plantearse preguntas metafísicas para cuestiones políticas.

Por estas razones Foucault postula la necesidad de problematizar la política desde la óptica de las tecnologías y las estrategias de poder, planteándose cuestiones de procedimiento (por ejemplo ¿cómo se ejerce el poder?) en lugar de cuestionarse por su esencia misma. Por consiguiente, la “analítica del poder” toma como punto de partida las formas de resistencia contra diferentes tipos de poder en su momento inicial, para establecer críticamente las relaciones entre la racionalidad y la política; definiendo el dominio específico que forman las relaciones de poder, al determinar los instrumentos que permiten analizarlo.

Para algunos lectores críticos del pensamiento foucaultiano, Vigilar y castigar desarrollaría una primera “analítica del poder” que estudia cierto tipo de relaciones de fuerza que dan lugar a lo que Foucault llama poder disciplinario o poder de normalización, del cual forma parte el dispositivo carcelario que presentamos al comienzo de este texto bajo el nombre de “panoptismo”. Este poder, basado en las disciplinas, se vale de una tecnología política del cuerpo que rebasa ampliamente el espacio restringido de la prisión, implementando modos de circulación del poder que extienden las relaciones de fuerza en todo el cuerpo social, permeando lugares que hasta entonces habían sido inéditos en las estrategias de control. Este poder, según la “analítica” de Foucault, consiste en “un conjunto de dispositivos que descansan sobre una tecnología apoyada en una (micro)física”

 del cuerpo. Dispositivos y tecnologías que se valen de la voluntad de verdad, una prodigiosa maquinaria de exclusión que se hace cargo del orden de las discursividades, para ejercer sobre otro tipo de discursos una presión o un tipo de coacción capaces de obligarlos a desviarse de sus reglas de formación iniciales. Así por ejemplo, los discursos del sistema penal buscarán, impelidos por la acción y la fuerza de esta voluntad de verdad, sus cimientos, al menos desde el siglo XIX, en la formación de un tipo de saber que, más allá de la teoría del derecho, centre sus miras en enunciados de carácter sociológico, psicológico, médico y psiquiátrico del delincuente: “como si la palabra misma de la ley no pudiese estar autorizada en nuestra sociedad más que por el discurso de la verdad”

. De un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos, esta genealogía-analítica de los mecanismos de poder da cuenta de la manera en que los métodos punitivos forman parte de técnicas específicas y generales que colindan con otros procedimientos de poder; propiciando el surgimiento de una “matriz epistemológico-jurídica” que sitúa las tecnologías penales como condiciones de formación de las ciencias humanas.

 

El saber y las disciplinas

Así, la genealogía política de los saberes del hombre, que se desmarca de la historia en la medida en que no estudia un período sino que trata un problema, diagnostica las discontinuidades del ejercicio punitivo desde las “sociedades de soberanía” (Antiguo Régimen) hasta comienzos del siglo XIX, cuando una metamorfosis de los métodos punitivos permitirían el surgimiento de una tecnología política del cuerpo donde puede leerse el umbral común de las relaciones de poder y de las relaciones de objetivación

. Es entonces cuando las ciencias del hombre se originan en un dispositivo político que se aplica sobre el cuerpo y que toma la forma de la disciplina. Estas son precisamente una relación entre saber y poder, donde ninguna de las dos partes del binomio es instaurativa de la otra, que se ejercen sobre la materialidad del cuerpo y sus fuerzas, a través de diversas instituciones de normalización que organizan una estrategia de poder bajo la forma de una “anatomía política del cuerpo”

. Este saber-hacer, esta tecnología política del cuerpo, no es otra que la “microfísica del poder”: un saber en detalle, que se aplica al cuerpo humano mediante una instrumentación multiforme, por vía de las disciplinas para obtener cuerpos dóciles y sujetos obedientes

. Las disciplinas, pues, se ejercen sobre el cuerpo individual mediante cuatro características fundamentales: la distribución espacial, que organiza un lugar para cada cuerpo; la jerarquía y el cifrado de las actividades de los individuos; el control del tiempo de los hombres; y, finalmente, el incremento de la composición de las fuerzas. Celular, orgánica, genética y combinatoria, la disciplina utiliza cuatro técnicas para su ejercicio microscópico: construye cuadros; prescribe maniobras; impone ejercicios; y ordena tácticas para garantizar la combinación de las fuerzas

.

   Para Foucault es a través de las ciencias del hombre como el poder disciplinario le otorga un alma al cuerpo

. Este poder tendrá entonces un elemento importante de su genealogía en la oposición entre lo judicial y lo jurídico-policial-penitenciario, donde el hombre de las ciencias humanas encuentra su lugar institucional de formación

. El hombre de estos saberes, como señala François Ewald, está siempre enfermo; es un hombre que se juega entre lo normal y lo patológico. De tal forma que:

El desarrollo de las ciencias humanas pertenece o se origina en una historia de la medicalización alrededor de lo normal y de lo patológico. El hombre de las ciencias humanas es el hombre normal, aprehendido a partir de sus distanciamientos, de sus infracciones, de su patología.

 

 

 Este saber del hombre está ligado a un poder productivo que establece una “economía política” del cuerpo; registro genealógico al que Foucault interroga no en sí mismo, sino en sus distintas captaciones: como objeto de saber, de poder y de placer. La genealogía de la prisión muestra la manera en que el cuerpo se encuentra directamente inmerso en un campo político de relaciones de poder, un sistema de sujeción, que hacen de él fuerza de producción, a condición de convertirlo en un cuerpo sometido

. Es así como Foucault muestra que la condición para que haya plusvalía, es el tejido de una trama capilar de poder microscópico que haga presa de la existencia de los individuos, instaurándolos en un aparato de producción; es decir, haciendo de los hombres sujetos y “trabajadores”. Por lo tanto, si la naturaleza del hombre no es el trabajo, según había precisado Marx, la consecuencia de la “analítica del poder” es que no hay sobrebeneficio, ni explotación, sin subpoder; sin el vínculo estrictamente político del hombre con el trabajo

. De tal forma que, si como dice Foucault, el “cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido”

, habría que concluir que el capitalismo es imposible sin la emergencia y la eficacia de las disciplinas. En otros términos, la formación –y el ejercicio- del poder disciplinario es la condición de la reproducción de las relaciones de producción capitalistas, que no operan únicamente por la coacción o por la función ideológica de los aparatos de Estado; sino que se ejercen mediante distintos dispositivos estratégicos que producen un saber del cuerpo y de sus fuerzas, calculado y organizado técnicamente. Este poder de las disciplinas o poder de la “norma”, ni esencia metafísica ni invencible aparato de Estado, obliga a la homogeneidad y sólo puede ejercerse en un sistema de igualdad formal. Su ejercicio supone, como hemos dicho, un dispositivo que coacciona por la mirada: “un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen claramente visibles aquellos sobre quienes se aplican”

. Esto es el panoptismo: un modelo generalizable de poder que opera con una táctica de las disciplinas individualizantes para producir, mediante el examen, saberes que extienden el campo de visibilidad de los cuerpos

.

 

Para la crítica por venir

En resumen, la “analítica del poder” muestra que las disciplinas, esos panópticos de todos los días, al ser apropiadas por el capital son corresponsables de la formación del sistema penitenciario y de las cárceles; muestra también que las prisiones son isomorfas a los proyectos reformistas (ilustrados y contemporáneos) y que están legitimadas por la ideología de la normalización y la readaptación de los criminales. Sin embargo, ¿no ha constatado la experiencia histórica que las prisiones, lejos de readaptar a los “anormales”, fabrican más delincuencia?, ¿no es la cárcel entonces un fracaso útil para el mantenimiento de la “economía del poder” imperante? En este orden de la discusión, conviene escuchar la advertencia de Alejandro Gómez Jaramillo, quien señala la necesidad de “desprenderse de la idea de que la justificación meta-jurídica, ius filosófica del poder ejercido a través del castigo penal, crea y racionaliza al poder mismo, que le da coherencia”

. Si esto es así ¿habría que plantearse seriamente la necesidad de administrar las penas de otra manera?, ¿habría que cuestionar la racionalidad del encierro como forma de castigo? Más allá de las decisiones de coyuntura, que pertenecen a las colectividades y a los debates públicos, el cuestionamiento de las representaciones legitimantes daría lugar –sin duda- a otra serie de interrogantes que deben comenzar a ocupar la imaginación política, aún cuando el vocabulario analítico de estas críticas esté por inventar. Algunas de ellas pueden ser planteadas recuperando las lecciones de Foucault; por ejemplo: si el poder disciplinario es precondición del modo de producción capitalista ¿las luchas locales contra focos específicos de poder pueden ser consideradas luchas antisistémicas contra el capitalismo en su conjunto? si ese fuera el caso ¿habría que subsumir de nuevo la pluralidad de las luchas contra distintos frentes, a la forma general de una lucha en conjunto contra la explotación?, ¿conviene políticamente mantener la pluralidad de las resistencias?, ¿se debe jerarquizar el estatuto de esas resistencias, o esto último sería contraproducente? Otra cuestión: si la crítica de las disciplinas no se dirige al modo de producción en su conjunto ¿corre el riesgo de convertirse en una ideología que legitime el poder? Todas estas preguntas quizá puedan conducirnos a la cuestión más fundamental acerca de la crítica contemporánea, su función y sus procedimientos, en nuestra actualidad política. Idearla y ponerla en marcha es una tarea de la que ya se ocupan las fuerzas progresistas al exterior y al interior de la academia.

Para concluir, hay que señalar que Foucault pretendía que al mostrar el sistema de racionalidad de las prácticas punitivas, se lograría reexaminar los principios teóricos para transformar realmente el sistema penal

; pero “¿bastará con conocer el sistema de nuestras vidas para librarnos de él?”

. Sea cual fuere nuestra respuesta, la evidencia es que a más de veinte años de la muerte de Foucault, y quizá con mayor fuerza que entonces, el poder sigue siendo una permanente provocación.

 

Bibliografía:

Boullant, François, Michel Foucault y las prisiones, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires,  2004.

Ewald, François, Humano, demasiado humano, en Lecourt, D. P. H. Gouyoun, et. al. Las ciencias humanas ¿son ciencias del hombre?, Ed. Nueva Visión, pp.23-29.

Foucault, Michel, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Ed. Siglo XXI, México, 2003.

Foucault, Michel, “¿A qué llamamos castigar?” en Foucault, Michel, La vida de los hombres infames, Ed. Altamira, Buenos Aires, 1996.

Foucault, Michel, El orden del discurso, Ed. Tusquets, Barcelona, 2005.

Foucault, Michel, La verdad y las formas jurídicas, Ed. Paidós, España, 1999.

Gómez Jaramillo, Alejandro. Un mundo sin cárceles es posible, Ed. Coyoacán, México, 2008.

Gros, Fréderic, Michel Foucault, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2007.

Foucault: con-texto, texto y pre-texto (Juegos, escenarios y subjetividades)

 

El tiempo es un problema para nosotros, 

un tembloroso y exigente problema,

acaso el más vital de la metafísica.

Jorge Luis Borges, Historia de la Eternidad.

 

París es simplemente un escenario artificial, un escenario

giratorio que permite al espectador contemplar todas

    las fases del conflicto. Por sí mismo, París, 

no inicia dramas. Se inician en otro lugar. París es 

simplemente un instrumento obstétrico que arranca al 

embrión vivo de la matriz y lo coloca en la 

incubadora […] Nos han corroído el alma y 

no somos sino una cosa muerta como la luna.

Henry Miller, Trópico de Cáncer.

 

No supe cómo decirte: que 

  el cuerpo está en el alma.

Joaquín Sabina

 

 

Con-texto en el borde 

(a modo de introducción)

Los epígrafes de índole introductoria me exigen pre-venir al escucha de mi intención de bordear los textos del filósofo francés Michel Foucault y, a su vez, bordar y tejer un pre-texto desde mi paralaje. Habiéndose señalado lo anterior mi propósito general en este ensayo será llevar a cabo un tránsito de fronteras interpretativas con la finalidad de traer a escena de forma lúdica, esto es, poner en juego la red de relaciones que la propia experiencia del texto me permita llevar a cabo. Podríamos decir entonces, en palabras del propio Foucault que <<las márgenes de un libro no están jamás neta ni rigurosamente cortadas: más allá del título, las primeras líneas y el punto final, más allá de su configuración interna y la forma que la autonomiza, está envuelto en un sistema de citas de otros libros, de otros textos, de otras frases, como un nudo en una red>>.

 

Poco habría que matizar esto último, si bien es cierto que todo texto está envuelto en una <<estructura discursiva>> en cuyos procedimientos propios se da la producción de un decir, de un nombrar  y, a su vez, se forma  el cuerpo y la palabra enunciadora; sin embargo, es lícito observar que esta propia operatividad discursiva desemboca también en un callar, en un levantar e instaurar fronteras, en hacer cortes y omisiones en dónde el silencio juega la función de límite. Pese a lo cual deslizarse subrepticiamente en este <<orden azaroso del discurso>>

 como bien lo menciona Foucault, es acto temerario; puesto que, este orden del discurso muestra ya de suyo la compleja malla que le subyace y la red de relaciones que no cesa de modificarse, compensarse y con-formar un espacio-escenario, si me es lícito nombrarlo así, por lo que, y por medio de lo cual se ejercen de manera privilegiada las formas múltiples y divergentes del poder. Es decir, lugares dónde se producen efectos globales de dominación que traspasan el espesor de los cuerpos.

 

Pre-texto bordeando y bordando

(un ejercicio de recreación interpretativa) 

Detengámonos un momento y crucemos otra frontera, cambiemos de escenario; deslicémonos hacia la escena del habla, ya situados en este lugar es fácil percibir que cuando se habla o se escribe, se intenta llamar a escena a un <<otro>> y a veces a pesar del otro. Es por ello que este texto ensaya pre-textar.  Conforme a esto podemos decir que existen textos habitables y de éstos no se sale sino a través de los pequeños intersticios y las delgadas y borrosas líneas de fuga con la lectura de otro texto como pre-texto del primero, o, si se quiere, un texto de paso que Strindberg llamó domus transitio. Es en este sentido como intentaré bordar y desbordar las fronteras que se han impuesto predominantemente en las lecturas a que ha sido sometido el pensamiento de Michel Foucault.  

Ahora bien, es conveniente observar que en su diagnóstico del presente, es decir, en su tarea filosófica, Foucault muestra cierto interés por los espacios, así podremos decir, que no se puede realizar un diagnóstico del presente sin apelar a la noción de <<espacio>> tanto en su forma singular como plural. Recordemos que para Borges el <<tiempo>> es el problema más vital de la filosofía y no sólo Borges, nótese que toda la filosofía idealista, por decir lo menos, presupone la construcción de cierta subjetividad que encierra en sí misma como formas de la sensibilidad de esta propia estructura, al tiempo y al espacio, en donde la esencia simple del tiempo, tiene en esta igualdad consigo misma la figura compacta del espacio. Entonces vale la pena cuestionarnos sobre el quehacer filosófico del presente. Puesto que para Foucault la época actual es la época del espacio, de lo simultáneo, de los lugares en dónde se forman los saberes disciplinarios y se conforman subjetividades envueltas en juegos que pueden localizarse en y vincularse con;  probablemente sea este el punto más esclarecedor de la estrategia metodológica usada por Foucault para desmontar el andamiaje de ésta llamada <<lógica dialéctica>> y desplazarla a la denominada <<lógica de la conexión de lo heterogéneo>>.

En cierto sentido esta cuestión exige hacer explícita la llamada <<lógica de la conexión de lo heterogéneo>> pero no sin antes señalar que cuando usamos la palabra <<lógica>> no denotamos el uso corriente de este término, en la tradición y los usos que de éste se hicieron. Con la expresión <<lógica de la conexión de lo heterogéneo>> pretendemos traer a escena  a los cuerpos que están investidos por fuerzas, luchas y juegos de poder. Con esta red de redes, con esta lógica espacio-temporal se inaugura ésta llamada filosofía-teatro o filosofía de la diferencia que se opone a la filosofía dialéctica, y es pertinente observar que la estrategia de desmantelamiento del andamiaje que subyace a esa lógica dialéctica tiene su relevancia no sólo por deslizarse del modelo hegeliano que admite dentro del cuerpo del sistema las contrariedades que además produce, contiene y supera las contradicciones en el interior de su propia <<ciencia de la lógica>>. Sino porque con este desplazamiento o tránsito de fronteras se nos muestran las escenas y los personajes. Filosofía-teatro que permite a Foucault salirse del modelo lineal de la palabra, de la escritura y a su vez introducir la actualidad dentro del orden de los pensamientos. Cabe recordar que en los textos de Michel Foucault encontramos escenografías o si se prefiere escenarios que atraviesan el espesor de los personajes. La filosofía-teatro no tiene como propósito quedarse en el análisis de las instituciones de encierro, como es sabido, Foucault mediante ciertas dramatizaciones y no entendiendo éstas como re-presentaciones, muestra cómo es que a partir de ciertas fuerzas y diferencias, el poder ha actuado sobre los cuerpos, los deseos y las acciones, dicho de otro modo como ha producido, conformado y efectuado las denominadas subjetividades.

 

Texto hilvanando

(un ejercicio de lectura, acción de pasar la aguja a través del texto)

Ahora nos sale al encuentro el texto mismo, nos enfrentamos a una yuxtaposición de planos, es momento de unir con hilvanes lo que se ha de coser después, hay pues que tratar al texto en el juego de su instancia. Cada agujero que hemos hecho a nuestro texto-tela, ha ido tejiendo a su vez nuestro propio texto-tejido.

Vigilar y Castigar es un texto duro desde sus primeras páginas, la obertura de éste nos ex-pone al espectáculo del teatro terror de la <<normalidad>>. Sus primeras escenas nos muestran como el cuerpo era el espacio atravesado y castigado, era el lugar donde se inscribían y se anudan las relaciones; las prácticas, los saberes y las redes de poder. Foucault es explicito a este respecto, el cuerpo era el espacio con una cierta dimensión tricollage y en un cierto sistema de relación en cual se le ejercía el poder político, económico y religioso. De este modo Foucault a través del análisis del cuerpo nos muestra en escena la historia de los cuerpos; de sus conformaciones, transformaciones, concepciones y construcciones. Sin embargo, el texto nos conduce, por una parte, al punto de flexión en donde se advierte el cambio en las formas y modos de castigar, esto es, el desplazamiento del suplicio al castigo moderno y, por otra parte, nos muestra la genuflexión de la ya antes mencionada lógica especio-temporal que entendida ya sea como malla o red atraviesa los cuerpos en tanto espacios y superficies individuales alcanza en su movimiento de doble flexión, la expansión de su propia distribución espacial, ya no sólo contiene cuerpos,  poderes y fuerzas microscópicos que se ejercen sobre ellos. En los cruces de ejes se da una serie de superposición de planos,  emplazamientos y  yuxtaposición de espacios que fijan tanto a los cuerpos como al ordenamiento <<real>> del espacio, además del control estricto del tiempo.

Crucemos otra frontera, suspendamos por un momento esa costura del texto, dejemos formar en el telar, la tela con la trama y la urdimbre. Es momento de destejer, es decir, mudar de resolución en lo emprendido, haciendo y deshaciendo un mismo texto. Enhebremos el hilo en la aguja: Si ya no se castiga al cuerpo, ¿qué es lo que se pretende herir? Pues cabe recordar que nada es más material, físico y corpóreo que el ejercicio del poder y éste en tanto estrategia siempre se está ejerciendo. Volvamos nuestro rostro al teatro-escena al sitio o espacio en dónde se desarrollan las prácticas, los personajes: cuerpo, alma, sociedad aparecen envueltos y organizados en esta red de distribución espacio-temporal, que los fija, ordena, aliena, adiestra y forma a partir de ciertas técnicas disciplinarias, o dicho de otro modo, se les aplican ciertas tecnologías del poder (moderno) y se les  inscriben dentro de una serie de procedimientos.

Ahora bien, dado lo anterior regresemos a nuestro telar asumiendo su doble significación, por un lado, i) como máquina de tejer y fábrica de tejidos y, por otro lado, ii) como la parte superior del escenario de donde bajan o a donde suben los telones, bambalinas y otros elementos móviles del decorado. Analicemos los emplazamientos y yuxtaposición de espacios en dónde se produce con un hilo muy tenue está lógica espacio-temporal, la pregunta inmediata sería ¿por qué se piensa como una red espacio-temporal? Y la respuesta nos lleva de nuevo a bordear el texto, <<la disciplina [afirma Foucault] procede ante todo a la distribución de los individuos en el espacio […]  la disciplina organiza un espacio analítico [de cuadros vivos y multiplicidades ordenadas] El espacio disciplinario tiende a dividirse en tantas parcelas como cuerpos o elementos que repartir hay […] el poder disciplinario tiene como correlato una individualidad […] analítica y celular, el cuerpo se constituye como pieza de una máquina multisegmentaria>>.

 

Podríamos decir entonces,  que la disciplina en tanto mecanismo de poder intenta controlar y organizar al cuerpo, en tanto cuerpo social y político como en sus elementos más tenues, los individuos. Los somete a entablar una relación de docilidad, obediencia y utilidad. Es por ello que, <<la disciplina fabrica individuos>>.

 Los individuos son en tanto objetos los  instrumentos de su ejercicio. El poder es más anónimo y más funcional. Para Foucault, <<el poder produce, produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción>>.

 

 

De otro modo 

(Un habla entre el cruce de fronteras)

Para concluir con esta lectura, tomo prestada la voz de Eugenio Trías, y pongo en escena  al <<personaje que se nos dibuja (paradoja): sabe sin saber, no sabe sabiendo acaso, sabe sin querer, quiere sin saber qué, sabe que quiere sin saber que es lo que quiere y a veces duda también de que quiera o de que sepa lo que quiera, vive sin vivir y finalmente muere sin morir. Ese personaje no es, por fortuna o infortunio, literario. Es cualquier yo, cualquier tú, cualquier nosotros o vosotros. Yo mismo soy así: ¿Yo, quién soy yo, este que lee, este que escribe, este que ahora de escribir o de leer?>>.

 

 

Bibliografía

Foucault, Michel, Vigilar y Castigar, nacimiento de la prisión, Siglo XXI editores, México, 2008. 

Foucault, Michel, El orden del discurso, Tusquets editores, Barcelona, 2002.

Foucault, Michel, La arqueología del saber, Siglo Veintiuno editores, México, 1999. 

Deleuze, Gilles, Foucault, Prólogo de Miguel Morey, Paidós, Barcelona-Buenos Aires-México, 1987.

Trías, Gilles, Filosofía y Carnaval y otros textos afines, Editorial Anagrama, Barcelona, 1984.

Trías, Eugenio, Drama e Identidad, Ediciones Destino, Colección Destino libro, Segunda edición, España, Mayo 2002. 

En el cuerpo de Damiens: el suplicio como escritura del poder

 

Para Michel Foucault la historia está constituida por discontinuidades, pequeñas fisuras en las condiciones de posibilidad del saber que desplazan el orden de las cosas. En su texto Las palabras y las cosas, nos aproxima a su proyecto de análisis sobre la experiencia del orden, más que como una historia de continuidad y progreso, como un estudio arqueológico que muestra dos cortes mayores en la episteme de la cultura occidental: la que inaugura lo que el autor llama la época clásica, hacia mediados del siglo XVII, y la que aparece a principios del XIX, marcando el comienzo de nuestra modernidad.

La experiencia del lenguaje fue uno de los aspectos culturales atravesados por estas rupturas. La mutabilidad en las nociones de lenguaje y escritura abrió nuevas condiciones de posibilidad para pensar los pensamientos de otro modo

La episteme del s. XVI piensa al mundo como un entramado uniforme de signos que se corresponden unos a otros, y a la naturaleza como “un tejido ininterrumpido de palabras y de marcas, de relatos y de caracteres, de discursos y de formas”.

 El mundo es, en sí, un lenguaje predispuesto a ser interpretado pues, si todas las cosas están signadas, sólo es necesario buscar su semejanza para ponerlas a dialogar.  El mundo de los signos tiene una gramática, una sintaxis que los liga, haciendo de ellos un lenguaje donde naturaleza y palabras forman un gran texto único.

En este orden de las cosas, la escritura se considera como un “estigma sobre las cosas” que no se agota en el nivel formal de las marcas sino que tiene una equivalencia triple en tanto remite a otras dos formas de discurso: el comentario —que rehace las ligas de los signos— y el texto —donde los signos se inscriben como contenido—. Este triple valor de los signos del lenguaje encontrará un nuevo orden binario a partir del siglo XVII y hasta el XIX, cuando la época clásica defina los signos como el enlace de un significante y un significado, reconsiderando al lenguaje y a la escritura como fuera del mundo, rompiendo el sistema de semejanzas y abriendo el umbral de la representación. Se trata de “la desaparición de la capa uniforme en la que se entrecruzaban indefinidamente lo visto y lo leído, lo visible y lo enunciable el momento en que] las palabras y las cosas van a separarse”.

 

Don Quijote es el personaje que encarna el quebrantamiento del lenguaje infinito y la aparición de las identidades y las diferencias. El ingenioso hidalgo vaga por el mundo buscando analogías entre la realidad y los libros de caballería que ha leído, forzando una continuidad entre los textos y la realidad a la que se enfrenta. Pero como el sistema de semejanzas se ha colapsado, el personaje de Cervantes debe agregar la realidad a los signos vacíos del relato pues “la verdad de Don Quijote no está en la relación de las palabras con el mundo, sino en esta tenue y constante relación que las marcas verbales tejen entre ellas mismas. La ficción frustrada de las epopeyas se ha convertido en el poder representativo del lenguaje”.

 

Ya no existirán más las cosas marcadas que pacientemente esperan ser leídas, ahora, los signos surgirán en el momento mismo del conocimiento, en el instante en que se relacionen dos elementos previamente conocidos. Sólo el loco —que es Don Quijote— y el poeta, mantendrán cierta relación con la semejanza. El poeta seguirá buscando por debajo de las representaciones cotidianas “los parentescos huidizos de las cosas, sus similitudes dispersas”.

 

 

El suplicio

El aparato judicial no fue ajeno al desplazamiento de las epistemes. Antes de que en el siglo XVII la semiótica de los castigos diera un giro, al apoyarse en una nueva tecnología de la representación que sustituyó la semiotécnica punitiva por una nueva política del cuerpo,

 el suplicio judicial, entendido como ritual político, se había instaurado como el poder manifestado bajo un complejo aparato significante en el que se funda al cuerpo como territorio del castigo o espacio del discurso. Tal es el caso del suplicio, minuciosamente detallado en Vigilar y castigar, de Robert François Damiens, condenado por el atentado fallido contra la vida del rey Luis XV. Damiens fue sentenciado a muerte el 2 de marzo de 1757; su tormento muestra que el suplicio no es una aplicación bárbara de la ley sino una técnica especializada cuyo objetivo es la fina distribución del dolor, descrita así por las fuentes consultadas por Foucault:

Una vez sobre el cadalso debían serle “atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, fundidos juntamente, y a continuación su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento.

 

 

El suplicio producía entonces un texto legible, cerrado en sí mismo, donde las marcas y lo que designaban tenían la misma naturaleza; formaban una sintaxis que consolidaba un texto producido en tres niveles. Por un lado, el cuerpo del condenado se signaba a semejanza de la escritura china, desplegándose en el espacio como un ideograma que “no reproduce en líneas horizontales el vuelo fugaz de la voz; [sino que] alza en columnas la imagen inmóvil y aún reconocible de las cosas mismas”.

 Por otro lado, ocurría una elaborada construcción de texto escénico que debía ser leído a partir de las similitudes entre lo microcósmico y lo macrocósmico, como el signo de lo macro representado a pequeña escala, para ser interpretado por el pueblo, surgiendo entonces el tercer nivel de escritura como marca de la imagen indeleble del horror en la memoria de los observadores: la imagen construida durante un juego de representaciones en el que tanto escenario, personajes y trama edifican una poética de la verdad que puede leerse como un texto escénico con ciertas dosis de teatralidad.

 

Las huellas de lo teatral

Si la teatralidad es otra de las formas en que los signos se entrelazan constituyendo el acontecimiento como escritura, ¿cuál es la especificidad de lo teatral?, ¿pertenece al arte o se expande por otros ámbitos de la vida?, ¿cuando hablamos de lo teatral nos referimos al personaje, al actor, la ficción, el espacio o el cuerpo?

Más que ser un producto terminado, el teatro es el proceso mismo que se abre en el umbral de lo representado. Proceso en el que teatralidad y representación adquieren un valor diferencial pues, aunque en la teatralidad siempre hay representación, en la representación no siempre hay teatralidad.

 Para que el efecto teatral se lleve a cabo es preciso descubrir que hay algo detrás del disfraz, desenmascarar a la representación como representada. Con la actuación del travesti, el teórico teatral Óscar Cornago ejemplifica el mecanismo semiótico de la representación. Un hombre que representa a una mujer divide el espacio en dos: el espacio visible (donde están los signos de lo femenino) y el espacio oculto (el del hombre-actor). Se podría confundir el plano oculto con el significante y la feminidad visible con el significado, sin embargo, algo muy distinto ocurre en la escenificación donde sólo lo femenino participa de la relación significado-significante mientras el ser-hombre que está oculto, funciona como propulsor de esa tensión que surge procesualmente entre lo velado y lo manifiesto: 

No se trata de representar lo femenino sino de representar que se representa el ser-mujer. Asistimos a una presentación de la representación. […] La verdad semiótica en la primera representación queda desvelada como un engaño al lado de la verdad preformativa de la teatralidad […] Su realidad es la realidad del proceso de representación. Entre uno y otro se juega esa distancia desestabilizadora, que produce una especie de vértigo en el que mira.

 

 

Es necesario que el disfraz se haga evidente y posibilite una tensión entre lo que se presenta y lo que se imagina pues, si el disfraz pasara desapercibido ocurriría una representación sin la presencia de la teatralidad. Lo teatral ocurre, sobre todo, por la mirada que teatraliza, que descubre el vacío entre el funcionamiento de las dos capas. En las ceremonias, por ejemplo, está siempre presente el elemento representativo pero los grados de teatralidad son movibles; los signos están ahí para ser leídos en varios sentidos, abriendo el espacio poético de la verdad. La teatralidad evidencia la representación sacando a la luz una nueva capa de la verdad como acto preformativo. La verdad en lo teatral ocurre en el vacío provocado por la tensión, lo verdadero no es ya el ser mujer, ni lo representado, “su verdad es su ser como juego, fingimiento disimulo, […] como la realidad del proceso de representación que está teniendo lugar; lo otro —la representación— es el resultado de este mecanismo”.

 

En el escenario de la ceremonia judicial habrá de inscribirse el cuerpo del condenado que, a través del mecanismo poético de la teatralidad, producirá la verdad a la luz del día. 

 

La producción de verdad

Como es propio de las fiestas, el día de los rituales judiciales interrumpía el tiempo del trabajo, las tabernas se abigarraban y se abría un espacio de transgresión que posibilitaba insultar al gobierno, agredir al verdugo o enfrentarse a los soldados. El escenario del suplicio se extendía por las calles donde el condenado era exhibido con los signos que el poder había puesto sobre él, mientras el pueblo lo acompañaba hasta el pie del cadalso donde se leía y ejecutaba la sentencia. 

La construcción del cadalso como escenario funcionaba a su vez como un elemento de la trama: ya fuera el corte de algún miembro —como manos o lengua—, lengua taladrada, azotes, suspensión con cadenas, muerte por hambre, extirpación de las entrañas al cuerpo vivo, baños en calderos hirvientes, muerte por decapitación, descuartizamiento, ahorcamiento, descoyuntura, quema del acusado vivo o desmembramiento por cuatro caballos: todo estaba dispuesto para el ritual de la aparición de la verdad. 

La verdad se producía, dentro del mecanismo de lo teatral, como una forma de tensión escénica. En oposición al carácter secreto de las investigaciones del tribunal, el ritual del castigo funcionaba como espectáculo de marcación de las víctimas. Espacio escénico donde el cuerpo y sus personajes mostraban el espectáculo del poder soberano como la compleja manifestación del cuerpo político entendido como el “conjunto de elementos materiales y de las técnicas que sirven de armas, de relevos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las relaciones de poder y de saber que cercan los cuerpos humanos y los dominan haciendo de ellos unos objetos de saber”.

 

En esta elaboración escénica de la verdad, había una perfecta desproporción entre el verdugo y el condenado, una asimetría que revela el poder del soberano de destruir el cuerpo del condenado. El rey fungía como soporte de la ley, tenía el poder soberano del perdón, y jugaba un papel móvil entre lo visible y lo intangible de la representación que el verdugo hacía de la fuerza real.

Más que el condenado, es su cuerpo el sitio significativo, el espacio donde recaen los signos del poder que manifiestan el “menos poder” del delincuente frente al “más poder” del rey. En el llamado suplicio de Massola, por ejemplo, el condenado estaba muerto pero el ritual de descuartizamiento y exposición pieza por pieza se realizaba sobre su cadáver: la importancia radica en las marcas-vindicta, en la escritura del poder sobre el cuerpo culpable. En el ritual político de los suplicios se manifiesta el poder soberano que ha sido atacado. Cualquier crimen que se cometa en el reino es un ataque frontal al rey, quien mediante el castigo debe instaurar un orden que, más que restablecer la justicia, reactiva el poder.

 

Es durante la escritura en escena del castigo que ocurren dos desdoblamientos simultáneos: primero, el cuerpo del rey se desdobla en el verdugo pero, también, el poder excedente sobre el cuerpo del condenado produce el desdoblamiento del alma. Para Foucault “[el alma] nace más bien de procedimientos de castigo, de vigilancia, de pena y de coacción […] es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber, el engranaje por el cual las relaciones de saber dan lugar a un saber posible, y el saber prolonga y refuerza los efectos del poder”.

  Más que ser un sujeto de castigo, el hombre y su alma nacen de estos procedimientos para los que el alma del pueblo está destinada a reforzar los efectos del poder. En su cuerpo, operaba otra forma de inscripción corporal: la inscripción en la memoria de la imagen de lo terrible. Pues aunque el pueblo asumía un papel político activo como testigo de validación de las condenas de los inculpados, y tenía la posibilidad de salvarlos en un arranque de simpatía, simultáneamente, debían ser cuerpo pasivo, aprisionado por los terrores del alma. Como afirma Foucault: 

La ceremonia penal, con tal de que cada uno de sus actores represente bien su papel, tiene la eficacia de una prolongada confesión pública. […] Garantiza la articulación de lo escrito sobre lo oral, de lo secreto sobre lo público, del procedimiento de investigación sobre la operación de la confesión; permite que se reproduzca el crimen y lo vuelve sobre el cuerpo visible del criminal.

 

 

Al igual que el proceso teatral, el suplicio abre un espacio de producción de verdad donde se articulan significados disímiles a través de la tensión, haciendo posible, por un instante, la aparición de la unión social en un solo cuerpo. La agonía del supliciado expresaba una verdad de acto que, al relacionar la pena con el crimen, invocaba una poética simbólica como la creación en escena de una imagen: se taladra la lengua de los blasfemos, se quema a los impuros, se corta la mano que dio muerte; a veces, se duplica el suplicio en el lugar del crimen y con algunos de los objetos utilizados. Es la lógica poética que Giambattista Vico propuso en Ciencia Nueva

 al equiparar las ficciones poéticas con verdades filosóficas

 

…con la única salvedad de estar enunciadas o vestidas con imágenes poderosas y no con términos abstractos. El lenguaje que surge de la unión de la mente y del cuerpo, de ese sentir las cosas del cuerpo, es el lenguaje poético organizado en una metafísica no razonada, ni abstracta sino sentida e imaginada por los hombres y que cronológicamente se presenta anterior al corpus teórico del saber filosófico.

 

 

Se trata de la repetición del crimen y su anulación en el mismo acto; la producción de verdad y su castigo. “Dos rituales a través del cuerpo”, donde el acusado representa el papel de “colaborador voluntario” al articular la confesión del crimen que lleva inscrita sobre su cuerpo y la confesión oral que es condición necesaria para la ejecución de la pena. Si el acusado no confiesa el crimen a pesar de los tormentos, deberá declararse su inocencia, es por esto que “el tormento produce ritualmente la verdad”

 al mostrarse como confluencia entre el juicio de los hombres y el de Dios: como el teatro del infierno que anticipa las penas del más allá. 

Esta producción de verdad a través de la confesión hablada produjo otra forma textual: el discurso del patíbulo. Este tipo de texto, que nació de la obligación de los condenados de tomar la palabra y confesar su crimen para atestiguar la justicia de su sentencia, comenzó a reproducirse enalteciendo las acciones de los condenados y deslizándose hacia el registro de épica heroica donde los discursos se convirtieron en literatura de glorificación hacia el acto criminal. 

De la misma forma que en el discurso del patíbulo ocurre una inversión en el papel del supliciado —de criminal a héroe—, la desaparición de los suplicios se empata con la transformación de la percepción del espectáculo como restablecimiento del orden, a su consideración como un acto de barbarie donde ya no se distingue claramente entre la venganza cometida por el cuerpo del poder y el acto criminal. Incluso, el suplicio llega a considerarse como un acto de mayor crueldad en la medida en que su legitimación borraba cualquier rastro de culpa. 

 

La reforma judicial

De esta protesta contra los suplicios surge una reforma judicial punitiva que desplaza las marcas-vindicta hacia una nueva noción de justicia, basada no en la venganza sobre el cuerpo del supliciado sino en un castigo cimentado en la nueva tecnología de la representación. El teatro del castigo deberá dispersarse en “mil pequeños teatros”, donde las marcas se intercambien por los signos; en una abstracción legal que instaure a un sujeto jurídico que tema cometer un acto ilegal porque cada ilegalidad está cifrada con un signo punitivo, en un Código donde “los castigos sean una escuela más que una fiesta; un librero siempre abierto antes que una ceremonia […] donde poder consultar a cada instante el léxico permanente del crimen y del castigo”.

 

Que el crimen aparezca como una desdicha y no como literatura heroica. Que se abra el umbral que deje atrás la tragedia y dé principio a “siluetas de sombra, voces sin rostro, entidades impalpables. El aparato de la justicia punitiva debe morder ahora en esta realidad sin cuerpo”,

 en una nueva teatralidad que es la representación del teatro desdoblado: teatro dentro del teatro. 

De esta forma, y en unas cuantas décadas, la práctica europea de los suplicios se desvanece hasta su desaparición generalizada alrededor de 1830-1848. La nueva abstracción sistematizada del discurso de la ley nos hace saber que “el Código que enlaza las ideas, enlaza también las realidades” y que el texto se une con los actos en formas novedosas.

 

Si la episteme del s. XVI pensó al mundo como un gran texto único predispuesto a ser leído bajo la figura de la semejanza, la ceremonia del castigo participa de este tejido de signos (marcas, discursos, relatos) donde la representación está construida para que la mirada teatralizadora del espectador, desvele el disfraz y la verdad teatral acontezca bajo la forma de una poética preformativa que se erija como creación de una verdad a la manera que Vico la entendía. 

Para Foucault el lenguaje ocupa el punto central en la relación que los saberes tienen con el hombre. Hay una correspondencia entre el quiebre de la episteme que permitía el suplicio, a la idea de abstracción jurídica que se corresponde con el desplazamiento del concepto de escritura. Más allá de estar sometido a ciertos principios, el hombre es producto de ellos. Es una invención reciente que ha sido fabricada de acuerdo con ciertas tácticas de poder, ciertos mecanismos de las fuerzas y de los cuerpos, de mecanismos semióticos en los que ocurren desdoblamientos. Más allá de ser meras representaciones, el hombre es producto de estos desdoblamientos provocados por la representación y por un juego de signos que define los anclajes del poder: “El hombre no se constituyó sino por el tiempo en que el lenguaje, después de haber estado alojado en el interior de la representación y como disuelto en ella, se liberó fragmentándose”.

Pensamos sobre un orden relacional, en cuya fluctuación, la verdad aparece como “el efecto de una disposición del saber que determina históricamente los criterios de validación científica de un discurso”.  Un orden que posibilita una fijeza temporal sobre un suelo en realidad móvil. Móvil como la relación entre el hombre y el lenguaje; entre la literatura, el estudio de la lengua y la inestabilidad de los signos que hace que el hombre y el lenguaje se entrecrucen, se omitan, se toquen o se desconozcan. 

El texto del pensamiento ha compuesto la propia figura del hombre en los “intersticios de un lenguaje fragmentado”,

 pero ahora sabemos —Foucault nos lo ha hecho saber— que más allá de la viabilidad de responder a ciertas cuestiones, el hecho de plantearlas abre, sin duda, la posibilidad de un pensamiento futuro.

 

#B - Michel Foucault: gubernamentalidad, poder y verdad

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