Reflexiones Marginales

No. 16 - El cine, sus meandros y sus ríos

Apuntes sobre el nuevo Museo Soumaya

 

Arquitecto: Fernado Romero / FREE.

Área de construcción; 17,000 m².

Inauguración: 29 de marzo del 2011.

 

Se ubica en la colonia Ampliación Granada, a pocas cuadras de Polanco, en una zona que ha ido transformado su carácter industrial a uno diferente con usos de suelo mixto entre grandes compañías, edificios habitacionales y centros comerciales.

La nueva sede del Museo Soumaya forma parte de la denominada Plaza Carso, propiedad de Carlos Slim. “Slim city” alberga este museo en un terreno de más de 50,000 m² que no cede espacio público, excavado y construido hasta el hartazgo, sin ganas de integrarse a la ciudad. Próximamente, a unos cuantos metros del museo Soumaya, también estará el nuevo museo para la Colección Jumex. Habrá además de un teatro, cuatro torres para vivienda, oficinas y un centro comercial lleno de tiendas de su grupo: Telmex, Sears, Telcel y Sanborns.

El museo desplanta sus 17,000 m² construidos en una esquina del terreno, se erige como una escultura, como un objeto orgánico a partir de una especie de romboide en planta que al levantarse se va torciendo, apoyado por algún software de dibujo paramétrico para su diseño. Brillante y metálico, forrado por cientos de paneles hexagonales, parece corto de altura a pesar de sus 47 metros. Demasiado próximo a la calle y con un acceso que no responde con jerarquía a su propio volumen.

Es notoria la intención del arquitecto Fernando Romero (yerno de Slim) por buscar que su edificio sea moderno, emblemático y protagonista, aunque por ello denota estar aislado. Si se tomara el edificio y se transportara podría ubicarse con la misma indiferencia en cualquier otro sitio. Las primeras imágenes publicadas por su oficina pre-visualizaban el proyecto sin contexto urbano, éste en realidad son los edificios simples y repetitivos de la Plaza Carso, que él mismo diseñó. Habrá que esperar que se termine de construir el proyecto en general para ver si cambia un poco la percepción del edificio con la integración de áreas verdes y taludes que en apariencia, tampoco tienen mucho espacio para desarrollarse.

El edificio está concebido con la idea de tener plantas libres de grandes claros, para ello se estructura en 28 columnas perimetrales y curvas que le dan forma, sosteniéndose en una base de concreto armado que funge como “cinturón” de compresión. A partir de este esquema, el programa arquitectónico se distribuye en auditorio, biblioteca, aulas, taller, cafetería y restaurante en los niveles inferiores, una zona de servicios centrales para baños, elevador, oficinas y los niveles superiores para las exhibiciones.

 

El interior del museo se ilumina y ventila artificialmente ante su envolvente cerrada. Se recorre por medio de unas rampas también perimetrales que llevan a cada uno de los seis niveles del edificio, esto nos remite directamente al museo Guggenheim de Nueva York, aunque a diferencia de este último, a lo largo de las rampas del edificio de Frank Lloyd Wright, se desarrollan las mismas como espacios de exhibición en una circulación helicoidal. En el museo Soumaya se intenta exhibir algunas obras sobre las rampas pero básicamente sólo llevan de nivel en nivel, y el sentido de la museografía se pierde al ingresar a cada sala.

Cabe resaltar que siendo estas rampas un elemento tan importante a nivel compositivo y funcional del museo es un grave error que la pendiente de éstas sea tan pronunciada. Evidentemente no es lo suficientemente cómoda, sólo hay que ver algunas personas subiendo en silla de ruedas y la dificultad que implica para quienes los auxilian a empujarlos cuesta arriba. Y a esto se le suma que algunas secciones de las rampas se reducen dramáticamente debido al ángulo que imponen las paredes al dar forma a la envolvente del edificio.

La experiencia de recorrer el museo es aburrida y abrumadora. Si bien cada sala corresponde a una temática diferente, comienza por mostrar 500 monedas de distintos lugares en el mundo, billetes y estampas. Después, en otras salas, la exhibición de objetos miniatura, muebles, joyas, vestidos, arte mesoamericano, esculturas y demás objetos de la colección de la Fundación Slim, compuesta de 66,000 piezas, nada más.

Sin respiro o un descanso para los sentidos, en un gran contenedor sin luz natural, sin idea o concepto de curaduría que ordene las piezas o las mamparas dispersas. Sin señalizaciones claras que inviten a una mejor apreciación, donde el incentivo más importante para llegar hasta la última sala es ver algunas obras sacadas de los moldes de Rodin.

En términos generales, el museo aspiraba a contribuir con otra calidad a la oferta cultural de por sí numerosa que ofrece la Ciudad de México. Seguramente ya es un referente urbano, aunque deja pasar de lado el enorme potencial de activar su contexto y afectarlo culturalmente, de generar nuevos flujos peatonales a su alrededor donde las avenidas se caracterizan por sus largas cuadras bardeadas. Por el contrario, repite el mismo esquema aislado, cerrado y pretencioso de los centros comerciales cercanos.

Agradecimientos

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