Reflexiones Marginales

No. 16 - El cine, sus meandros y sus ríos

Odiseo, el hombre rebelde

Resumen:

Ulises es el personaje principal de la Odisea, poema épico atribuido a Homero. Forma parte de una tradición de insumisos que establecieron una frontera entre el hado y la libertad. Odiseo representa un arquetipo de héroes, legendarios y hombres que han aspirado a la divinidad al asumir pero, ante todo, intentar suprimir o superar su condición de simples mortales. Así, el presente ensayo parte de una hipótesis muy sencilla: el hombre es un animalito desobediente. Un ser renuente que renuncia voluntariamente a su condición en aras de otra.

 Palabras Clave: Filosofía, Literatura, Grecia, Homero, Locura.

 

Abstract:

Ulysses is the main character in the Odyssey, epic poem attributed to Homer. It is part of a tradition of non submissive who established a border between fate and freedom. Odysseus represents an archetypal hero, legendary and men who have aspired to divinity when assuming but, above all, when trying to suppress or overcome their condition of mere mortals. Thus, this essay is a very simple hypothesis: man is a disobedient animal. A reluctant being who voluntarily gives up their status for the sake of another.

 Key words: Philosophy, Literature, Greece, Homer, Insanity.

 

 

 

Introducción

El presente ensayo parte de una hipótesis muy sencilla: el hombre es un animalito desobediente. Un ser renuente que renuncia voluntariamente a su condición en aras de otra. Albert Camus llegó a decir: “El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es”.i Pero aún más, el hombre es un ser rebelde que ha encontrado en la historia de la literatura, incluso de la ciencia, la filosofía y el arte, ejemplos de rebeldía que cimientan su proceder. Según Camus, la negación de la rebeldía entraña un valor positivo. Valor para oponerse a lo que se considera injusto o caótico. Valor también para actuar contra eso que enmascara la realidad u oprime. Él mismo dice: “la rebelión se hace tanto contra la mentira como contra la opresión”.ii

Aunque parezca contradictorio, la negación que anida en toda rebeldía lleva una fuerte dosis de afirmación. Para el autor de El extranjero, aquélla representa la posibilidad de un rechazo que se finca en la conciencia que toma el hombre rebelde de una frontera que ninguna autoridad, ningún dios u hombre ha de sobrepasar. Para Camus, el hombre rebelde es aquel que dice que no. Aquel que rechaza cualquier intrusión por considerarla intolerable y porque rompe las barreras de lo que él mismo puede y se sabe capaz de soportar. Pero además, “La rebelión va acompañada de la sensación de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón”.iii Esto es: la rebelión tiene su origen en la conciencia, en el saber.

Es desde óptica que me aproximo a Odiseo, el personaje principal del poema épico atribuido a Homero.iv Lo hago para apuntar que forma parte éste de una tradición de insumisos que establecieron una frontera entre el hado y la libertad. Para ello, afirmo que Odiseo –o Ulises, según la tradición latina– se convertirá a la postre en arquetipo de héroes, legendarios y hombres que han aspirado a la divinidad al asumir pero, ante todo, intentar suprimir o superar su condición de simples mortales. De esta forma, si aún hoy nos oponemos a la fatalidad, a un futuro previamente trazado e irreversible, lo hacemos emulando a aquél hombre que es emblema de indocilidad. Un ser que lucha en contra el oprobio.

Así, en el presente texto no niego la importancia que los estudiosos le dan al protagonista del poema épico, pero tampoco me abstengo de manifestar algunas sospechas que quedan a consideración del lector.

 

Lo importante es saber, en primer lugar, quiénes somos; más tarde convendrá ser conscientes de nuestra herencia y asumirla”.

 

André Gide, Teseo.

 

Según se nos ha dicho, Odiseo es hijo del argivo Laertes y de Anticlea, hija de Autólico. Este último, “célebre por sus raterías y perjuicios”,v fue quien lo bautizó con ese nombre que, según sostiene Alfonso Reyes, significa “el odiado”.

Robert Graves dice del abuelo materno de Odiseo que era un experto en el robo, cualidad que le brindó Hermes, el mensajero de los dioses, a quien consideraba su padre y quien lo había facultado para metamorfosear a cualquier animal. El mismo Hermes es considerado, dice Graves, inventor de la aritmética, la astronomía, las escalas musicales, los pesos y las medidas, el arte del boxeo, la gimnasia y las letras del alfabeto. Es, además, el dios de los comerciantes, los banqueros, los adivinos, los heraldos y los ladrones.

Hermes nació en Arcadia. Es hijo de Zeus y Maya y, como dios que era, se cuenta que creció en muy pocos minutos luego de nacer, hasta alcanzar el tamaño de un niño de cuatro años. Así crecido, salió de su canastillo de mimbre y se fue en busca de aventuras. Su primera travesura fue robar un rebaño de bueyes que pertenecía a Apolo. Éste, luego de descubrir quién era el ladrón, lo llevó ante Zeus acusándolo. Luego de escucharlo con atención y sorprendido por la inteligencia con la que resuelve su pleito con Apolo, Zeus decide nombrarlo su heraldo.

La historia, en la versión que nos presenta Robert Graves, da cuenta de la astucia de Hermes, cualidad que le hereda a Autólico, abuelo de Odiseo. Pero éste también es nieto de Sísifo –cuyo nombre padece significar “muy sabio”–, hijo de Éolo y esposo de Mérope, la Pléyare. También entre abuelos hubo un pleito curioso. La pugna se desprendió de un robo que hizo Autólico de los rebaños de Sísifo quien, para delatarlo, marcó en todos sus animales el monograma SS. Con ello, y teniendo como testigos a los vecinos, Sísifo pudo comprobar las fechorías de aquél, quien, como dije, tenía fama de ladrón.

Lo curioso, no obstante, es que el mismo Sísifo era considerado por sus contemporáneos como un bribón. Basta recordar la treta con la que engañó a Hades para aprisionarle, o la forma en la que se burló de Perséfone al pedirle, estando en el inframundo, volver al mundo de los vivos para castigar a su esposa, quien había osado no enterrarlo luego de su muerte. Recordemos que Perséfone aceptó tal propuesta tan pronto Sísifo le prometió regresar en tres días. Pero esto no pasó. Fue necesario recurrir a Hermes para llevar de vuelta a Sísifo al submundo. Allí, éste recibió un castigo ejemplar: hacer rodar, por encima de una colina, una enorme roca hasta colocarla en la cima para, luego, dejarla caer por la otra ladera. Cosa que, sabemos, no habría de lograr nunca.

Albert Camus ha reflexionado sobre esto cuando dice que Sísifo, si damos crédito a Homero, “era el más sabio y más prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, propendía al oficio de bandido. [Y agrega:] No veo contradicción en ello”.vi Esta idea del autor de Las moscas es, me parece, medular para entender a Odiseo, un hombre que se vuelve un héroe arquetípico y que, con sus hazañas, no sólo hace gala del dominio de la palabra sino de su inteligencia y astucia. Odiseo testimonia con sus actos que ser entendido es, también, ser embustero.

Odiseo no es ya el Aquiles de la Ilíada, quien se caracterizaba por su rabia, valentía y defensa del honor. Odiseo es un guerrero griego que ansía regresar al hogar. Aquiles es el arquetipo del guerrero implacable, regido por su hýbris, su ira destructiva. Odiseo es el arquetipo de un héroe distinto: valiente, audaz, mentiroso, astuto, valeroso, tortuoso, lleno de odio y amor al mismo tiempo. Un héroe tramposo pero, sobre todo, profundamente humano si hemos de creerle a Homero.

Respecto a esta diferencia entre ambos poemas, Cecile Maurice Bowra dice:

 

Entre la Ilíada y la Odisea hay una notable diferencia de temperamento. La Ilíada celebra la fuerza y el valor heroicos, mientras la Odisea celebra la astucia y el ingenio heroicos. Los triunfos de Odiseo se deben, por mucho, a su inteligencia superior. En sus tareas, siempre lo ayuda e instiga Atenea, cuya debilidad por él es de un descaro encantador. La diosa admira a su prometido porque posee todas las cualidades de que ella más se enorgullece. Aun llega a encomiar sus embustes y bribonadas aunque con su miga de ironía. Odiseo triunfa sobre un mundo inferior por ser en todo mejor y más capaz que cuantos intentan oponérsele.vii

 

Ángel Gómez Moreno,viii por su parte, ha señalado algunos rasgos de lo que llama el caballero homérico: origen divino; valor heroico; afán de sobresalir, de ser el primero; persecución del triunfo y de la gloria y, uno que es fundamental, el sentido agonístico de la vida. Todos estos aspectos se hallan en Aquiles y en Odiseo pero los medios de que se valen para alcanzar sus metas son distintos. El primero lo hace a partir de su fuerza bruta; el segundo, desde su paciencia e ingenio.

Gravesix dice que la palabra Odiseo significa “enojado”, aunque en latín, el término Ulises parece estar formado por oulos (herida), e isches (muslo), en alusión a la herida causada por una mordida de jabalí que recibiera siendo niño el personaje principal del poema épico y gracias a la cual su nodriza lo reconociera luego de largos años de ausencia, y aun disfrazado éste de pordiosero.

La Odisea da cuenta de un regreso. Narra el retorno del rey de Ítaca a su patria luego del saqueo de Troya. No sólo describe cómo un hombre reconquista su casa y su reino, o cómo se reencuentra con su esposa Penélope y su hijo Telémaco; no sólo subraya el heroísmo de Ulises sino que nos recuerda la importancia del viaje. En él destacan la sucesión de pruebas, el enfrentamiento a situaciones extremas y la superación de problemas intensos. La Odisea simboliza la travesía que ha de emprender un hombre para reencontrarse a sí mismo. Un hombre que, después de haber andado a la deriva, se re-conoce.

Dice Alfonso Reyes que si bien ya sabemos de Odiseo en la Ilíada, éste se nos muestra en aquélla “reservado, prudente, hasta un poquillo cauteloso y como deseoso de borrarse y rechazar toda alusión a su consabida astucia o agudeza”.x Se dice que era invencible con el arco y que lo protegía Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra. Quizás de ella aprendió la táctica y la estrategia. Sin embargo pertenece, como he querido mostrar, a una estirpe de bandidos y mañosos. Condición que él mismo quiere pasar por alto.

 

Odiseo teme a cada instante que alguien se acuerde que pertenece a una raza equívoca, de gente experta en el hurto, al menos por la ascendencia de su madre –y de la del padre, como he querido enfatizar–; teme, entre todos, aparecer como un tanto intruso: principillo de una miserable isla distante, perdida allá en el occidente, es decir, por el revés de Grecia [...].xi

 

El mismo Reyes advierte que si vemos en la Ilíada a un Odiseo precavido, prudente y cuidadoso, es porque busca esconder el linaje del que procede. Así, si no hecha mano de sus increíbles recursos, del engaño y la travesura, lo hace porque “En la Ilíada se vive entre camaradas de armas, jefes y príncipes sujetos a un código de honor, a una etiqueta rigurosa, en que cuentan el arrojo y la lealtad a la palabra empeñada, pero no el ardid y la doblez”.xii La virtud que Homero busca destacar en la Ilíada poco tiene que ver con la mentira y la hipocresía y sí mucho con el valor, el honor y la gloria. Es esta una moral heroica; y es también la ética homérica, el deber ser del hombre valiente, del que buscaba reconocimiento a su proceder y ansiaba ser proclamado como el mejor. Estamos entonces ante un paradigma, un modelo de vida que sirvió de base a toda la educación de Occidente.xiii

Pero si en la Odisea vemos a un Ulises distinto, es porque acompañamos en su peregrinar a un héroe “que tiene que habérselas con dioses y meteoros deificados, encantadoras, cíclopes, monstruos, donde no hay igualdad de armas y todo recurso es admisible”.xiv Esto explica porqué es en este poema donde Odiseo luce sus habilidades para la mentira, la escapatoria y el fraude.

Ulises, acusa Agamenón, es un “perito en malas artes”. Aquél también sabe de su agilidad mental, de su superioridad intelectual. De ella se vale para vencer los efectos de la flor de miel que hace olvidar la patria. Y es que, como dice Camus, “El pensamiento rebelde no puede [...] prescindir de la memoria [...]”.xv Odiseo va en contra del destino dictado por los dioses. Así, se enfrenta no sólo a las fuerzas de la naturaleza (agua, viento, rayos, etc.) sino también a la naturaleza que le es propia (miedos, deseos, sentimientos, ambiciones, soledad, angustia, etc.)

La Odisea es consecuencia de una pelea entre dioses;xvi muchos de ellos, lejos de la acción, pero otros, como Poseidón y Atenea, vinculados a las peripecias del protagonista del poema épico. Ambos dan cuenta de las fuerzas sobrenaturales que velan y rigen la vida de los hombres. Simbolizan no sólo la fuerza de la naturaleza, como es el caso del dios de los profundos mares, sino también la civilización, la razón y la sabiduría, como es el caso de la diosa que se ha de convertir en defensora de Odiseo.

La travesía que narra el poema de Homero da cuenta de una época heroica. Tiempo de reyes, guerreros y navegantes. En ella se destacan las proezas de un hombre y la intervención constante de los dioses en la vida de los mortales. La misma Bowra expresa que tanto en la Ilíada como en la Odisea

 

[...] encontramos el mismo sentimiento generoso de la humanidad, igual afición a las buenas cosas de la vida, el comer y el beber, la riqueza, la cortesía y la hospitalidad, el arte de construir navíos y manejar con pericia el arco, los numerosos episodios de la vida pastoril, los bueyes, las cabras y los cerdos, y finalmente los paisajes naturales de Grecia, las aves marinas que se sumergen o que posan en los mástiles, el viento que se levanta o se aplaca, el amanecer o el anochecer que alternan su constante giro, el sol, el mar y el cielo.xvii

 

Ella también añade: si es verdad que Homero era ciego, habrá que reconocerle que se acordaba muy de lo que había visto antes de cegar.

Cabe afirmar que en la Odisea todo es simbólico. Atenea custodia al perdido. Éolo obsequia el odre en que se encierran los vientos que habrán de evitarle tempestades. Hermes le brinda su ayuda dándole moly, la planta que hará que Odiseo no sucumba ante los encantos de Circe, etc. Como se puede apreciar, el héroe es protegido por la divinidad; mientras que la sucesión de pruebas y desafíos no hacen otra cosa sino recordarle que sin los dioses nada es.

La mujer es también una metáfora. Ya sea como madre, amante, confidente o consorte, simboliza protección, resguardo, pasión, amor y fidelidad. Aunque también puede ser engaño, traición, maldad, pereza... o locura.

Su visita al inframundo entraña igualmente una cuestión simbólica: Odiseo es uno de los pocos mortales que ha de morir dos veces. Pero su viaje al submundo nos dice que ha de morir a la vida que llevaba para alcanzar otra. La suya es una muerte simbólica. Expresa una purificación, un renacimiento. Pero también una iniciación. Campbell ha dicho que en esta última el individuo muere al pasado y renace al futuro. Quien se inicia empieza por ser un recién nacido y termina por ser un hombre nuevo.

En el mismo poema épico, el viaje y sus obstáculos simbolizan que la vida no es sino una sucesión de compromisos y pruebas que hay que asumir y vencer. Esto lo veremos expresado también en la inmersión que hace Teseo en el laberinto construido por Dédalo, lugar del que sale victorioso luego de matar al Minotauro, gracias a la ayuda de Ariadna a quien, sin embargo, traicionará. Es Dédalo, padre de Ícaro, quien le dice al príncipe Teseo, hijo del rey Egeo, algo que se aplica muy para el protagonista de la Odisea: “[...] la fuerza del hombre no sirve de nada, o sirve poco [...] el adagio ‘más vale maña que fuerza’ es totalmente cierto”.xviii

Ícaro simboliza en aquel mito la búsqueda constante, la curiosidad y el impulso. El hilo de Ariadna no sólo representa el deber sino la memoria, esa que nos ata al pasado, que nos explica en el presente y que nos impulsa al porvenir. El laberinto manifiesta el extravío, la pérdida de rumbo; y el Minotauro no se vincula únicamente a lo monstruoso, lo mágico o lo sobrenatural, sino a la bestia que todos llevamos dentro y que tenemos miedo de afrontar.

Así, en la Odisea, si el hogar alude a la tranquilidad que anhelamos, a la paz y la calma, el canto de las sirenas se vincula con lo apetecible, lo atrayente o incitante. Los jóvenes pretendientes simbolizan que la maldad y la perversión pueden estar en nuestra propia casa, enquistados como un cáncer dañino que es preciso extirpar. No sólo se ligan aquellos a la ambición, al exceso, al vicio, a la corrupción y la búsqueda de poder, sino al asecho al que nos sometemos constantemente y a las trampas que se desprenden de la malicia, propia o ajena.

La vuelva a casa es también un arquetipo. Es el retorno al origen. Es la restauración del orden luego del caos. Odiseo simboliza, lo dije ya, la inteligencia y el valor; y su viaje, la pugna entre el destino y el libre albedrío. El loto simboliza la desmemoria y, desde luego, la perdición.

El olvido ha sido la causante de múltiples desastres. ¿No se debió a él la fatal muerte de Egeo? Respecto al loto, Robert Graves sostiene que éste

 

[...] es un fruto sin cuesto, de color de azafrán y del tamaño de una haba, que crece en racimos dulces y saludable, aunque tiene la propiedad de hacer que quienes lo comen pierdan por completo el recuerdo de su país; algunos viajeros, no obstante, lo describen como una especie de manzana de la que se obtiene una sidra fuerte. Odiseo [...] aunque sintió la tentación de probar el loto se contuvo.xix

 

Simbólicamente, la Odisea es la constante lucha que el hombre libra consigo mismo. Una lucha, dirá André Gide, en donde “Las armas importan menos que el brazo que las sostiene [y] el brazo importa menos que la inteligente voluntad que lo guía”.xx Ulises, dice Carlos García Gual, “resulta un nuevo paradigma heroico. Héroe solitario, aventurero errabundo fiado no en sus armas ni en su fuerza atlética, sino en su astucia y su arte de seducción”.xxi

En el poema, si el viaje es importante, la partida es igualmente simbólica. Nos alejamos de nosotros mismos para conocernos mejor, para tomar distancia y ver las cosas con otros ojos. El viaje es una expedición interna donde es preciso vencer todas las tentaciones, las incitaciones e impulsos que obstaculizan volver a casa. Es una lucha contra nuestros propios prejuicios, tal y como quiere mostrarnos Konstantinos Kavafis en su poema Ítaca:

 

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,

pide que tu camino sea largo

rico en experiencias, en conocimiento.

A Lestrigones y a Cíclopes,

o al airado Poseidón nunca temas,

No hallarás tales seres en tu ruta

si alto es tu pensamiento y limpia

la emoción de tu espíritu y cuerpo.

A Lestrigones y a Cíclopes,

ni al fiero Poseidón hallarás nunca,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no es tu alma quien ante ti los pone [...]xxii

 

El poeta nacido en Alejandría nos recuerda que la experiencia del viaje es de conocimiento y aprendizaje. Muchos años más tarde, Edgar Morinxxiii expresará justamente que aquél entraña una metamórfosis: se regresa, sí, pero se regresa cambiado. El que regresa no es nunca el mismo que el que partió. El que vuelve es otro.

La Odisea es, entonces, un viaje iniciático. Una ruta de purificación del cuerpo y el alma. Representa la lucha continua que hay que fraguar contra nuestros arrebatos y desatinos, contra nuestros apetitos y afanes. Es una especie de catarsis. Al respecto, Helena Berinstáin sostiene, en su Diccionario de retórica y poética, que esta palabra fue introducida por Aristóteles para evidenciar las implicaciones psicológicas, estéticas, éticas, religiosas y de ejemplaridad que le son propias. Según ella, la catarsis tiene que ver con una purgación espiritual.

En este sentido, si hablamos de metamórfosis, de un cambio o alteración de la forma, ¿cómo ha sido posible la transfiguración? Evidentemente gracias al trayecto, pero también al aprendizaje. Kavafis expresa en su poema:

 

Pide que tu camino sea largo.

Que numerosas sean las mañanas de verano

en que con placer, felizmente

arribes a bahías nunca vistas;

detente en los emporios de Fenicia

y adquiere hermosas mercancías,

madreperla y coral, y ámbar y ébano,

perfumes deliciosos diversos,

cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados

perfumes;

visita muchas ciudades de Egipto

y con avidez aprende de sus sabios [...]xxiv

 

Carlos García Gual sostiene que el poeta griego manifiesta bien en su poema “[...] el sentido de la Odisea como un viaje de aventuras y experiencias enriquecedoras orientado hacia la isla pobre de donde partió y adonde vuelve el viajero con su historia peregrina”.xxv La Odisea se entiende, lo he dicho ya, como un largo viaje caracterizado por muchos cambios de fortuna. Es una aventura personal. Una narración que va de la dicha del hogar, a la desdicha del exilio; desde la calidez de una caricia de la amada, hasta la bofetada de una ola en medio del naufragio; desde la búsqueda de la gloria hasta la frustración y el desencuentro; desde la prepotencia hasta la sencillez; desde la soledad a la desolación. Es una vuelta atrás –pienso en este momento en Ariadna quien ha de rebobinar el hilo para hacer volver a Teseo–.

El mismo García Gual dice que el poema épico es la historia de un regreso, es decir, de un Nóstos. Adriana Yáñez Vilalta afirma que el tema del viaje mítico tiene que ver con un alejarse para volver a hallar lo más originario, lo más íntimo.xxvi Octavio Paz, en el Laberinto de la soledad, lo apunta de otra forma:

 

Vivir, es separarnos del que fuimos para internarnos en el que vamos a ser, futuro extraño siempre. La soledad es el fondo último de la condición humana. El hombre es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda de otro. Su naturaleza –si se puede hablar de naturaleza al referirse al hombre, el ser que, precisamente, se ha inventado a sí mismo, al decirle “no” a la naturaleza– consiste en un aspirar a realizarse en otro. El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión.xxvii

 

Paz nos recuerda que la vida está ligada a la separación y la ruptura, al desamparo, y a la caída en un ámbito hostil o extraño. Pero también nos dice que buscamos suprimir nuestra soledad, abolirla. Así, cuando Odiseo, en su búsqueda por retornar al hogar, se enfrenta a lo desconocido, incluso lo monstruoso, aparece como un ser desposeído pero, pese a su penuria, se vale de la tenacidad y de su empeño por retornar a la isla que es su hogar, que es su memoria. Por ello se aferra a ella, porque la verdad se vincula –como nos lo enseñaron los griegos– con el no olvido. Veamos cómo lo dice Kavafis:

 

Ten siempre a Ítaca en la memoria.

Llegar allí es tu meta.

Mas no apresures el viaje.

Mejor que se extienda largos años;

y en tu vejez arribes a la isla

con cuanto hayas ganado en el camino,

sin esperar que Ítaca te enriquezca.xxviii

 

El viaje da cuenta de cómo Ulises queda solo. Es la ruta que emprende el hombre en busca de su identidad. Es el trayecto del yo, del ego. El viaje se vuelve, entonces, condena, prueba y purga. Condena a la soberbia de un hombre que creyó serlo todo sin los dioses; prueba a sus talentos y recursos; y purga en cuanto vía para rechazar lo indeseable. En este sentido, al hallarse en una especie de orfandad, al saberse condenado a la soledad y al reconocer su finitud, Odiseo descubre la verdad originaria: su propia mundanalidad se ha hecho patente.

Yáñez Vilalta sostiene que Odiseo, el mayor aventurero de todos los tiempos, es también el mayor nostálgico. Pero, ¿qué es la nostalgia? “En griego, nostos significa <<regreso>>. Algos se refiere al <<sufrimiento>>. La nostalgia es el sufrimiento causado por un hecho concreto: el no poder regresar”.xxix Ella misma advierte que hay una relación entre nostalgia y añoranza. “[...] que a su vez tiene su raíz en el verbo catalán enyorar, derivado del latín ignorare (que significa <<ignorar>>, no saber algo). Siguiendo ésta etimología, [sic] la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia”.xxx Bajo esta óptica, Ulises ejemplifica la erradumbre humana. Vivir es deambular, vagar sin rumbo, naufragar. Ser es también palidecer. Es, igualmente, acontecer y perecer.

La Odisea es, entonces, la búsqueda que efectúa un hombre de sí mismo; y el viaje es un camino para conocernos mejor. Una vía para acceder a tientas a la autognosis y para librarnos, aunque sólo sea parcialmente, de la angustia.

Ulises es un sobreviviente. En toda su travesía destaca cuán fértil puede ser la inteligencia cuando es bien conducida. Odiseo no es sólo un negociador o un diplomático; es un hombre educado y gentil, aunque también parece ser un oportunista y un experto en aquello de no decir nunca lo que piensa y en tergiversar la realidad. Pero decía, todo es simbólico. Polifemo gusta de comer de los hombres como la Esfinge lo hace al devorar ignorantes. El hijo de Poseidón es el emblema del embrutecimiento y la barbarie; la Esfinge, de lo enigmático y lo desconocido. El ojo único del cíclope tal vez equivalga a esa visión del hombre unidimensional de la que dio cuenta Herbert Marcuse. Visión miope, a la vez que precaria y fragmentada de una realidad compleja. Escila y Calibdis encarnan lo opuesto a la belleza. Son engendros que se ligan, sí, a la fantasía, pero también son los monstruos que se vinculan al terror.

Odiseo es, me parece, un personaje que gusta valerse de sus recursos para enmendar los desaciertos de sus propias acciones. Y si para salir bien librado hay que mentir, defraudar, amagar un combate, desafiar, vituperar, robar, incluso matar, Ulises es un ejemplo a seguir. Tal vez tiene razón Sófocles cuando nos muestra a Odiseo como un hombre pragmático y sin escrúpulos.

Odiseo posee, desde cierta perspectiva, eso que Gabriel Zaid llamó alguna vez “validez mitológica”; pero desde otro punto de vista es un amoral, un hipócrita, un ser que se enmascara de acuerdo a la situación, un hombre que finge sus afectos. Su carácter camaleónico le permite valerse de todo para superar la ignominia. Es un ser polimorfo; un ser que se muestra en toda su complejidad. Por ello resulta atrayente, encantador, porque al verlo nos vemos. Y es que, como sostiene Edgar Morin:

 

[…] somos criaturas sensibles, neuróticas y delirantes al mismo tiempo que racionales y todo ello constituye el tejido propiamente humano. Este ser humano es a la vez un ser racional e irracional, capaz de mesura y desmesura. Como sujeto de un afecto intenso e inestable sonríe, ríe, llora, pero también sabe conocer objetivamente. Es un ser serio y calculador, pero también ansioso, angustiado, gozoso, ebrio, extático. Es un ser de violencia y de ternura, de amor y de odio. Puede ser conquistado por lo imaginario e igualmente reconocer lo real, sabe que existe la muerte pero que no puede creer en ella. Segrega el mito y la magia, pero también la ciencia y la filosofía. Está poseído por los dioses y por las ideas, pero duda de los dioses y critica las ideas. Lo nutren conocimientos comprobados, pero también las ilusiones y las quimeras.xxxi

 

Somos, como Odiseo, a la vez racionales y delirantes, trabajadores y lúdicos, empíricos e imaginadores, económicos y dilapidadores, prosaicos y poéticos. Por ello el poema todo parece un hechizo, porque su rebeldía se nos presenta no sólo como el deseo de negar la situación que le es propia sino una batalla para afrontar los constantes desafíos.

Pese a todo, Odiseo es un héroe que triunfa y que rige su conducta en aras de librarse de la ofensa y la deshonra de la que se siente objeto. Como Prometeo, Ulises se reconcilia con los dioses. Una reconciliación, dice Robert Holmes Beck, “necesaria para la supervivencia de la humanidad”.xxxii Es esta concertación la que distingue a la épica de la tragedia. En esta última no puede haber conciliación, mientras que en aquella no sólo se busca el consuelo sino que se anhela la redención. Empero, más que un ejemplo de estoicismo o de vital resistencia, Odiseo es un seductor y un hombre que disfraza sus intenciones. Quizás por su talento, es un sofista aun antes de la sofística. Recordemos que los epítetos atribuidos a su persona: polytlas, polymetis y polyméchanos, que se traducen como “muy sufridor”, “muy astuto” y “de muchos recursos”, se ligan sin problema a la palabra polymathía, que alude a un amplio conocimiento, a una extensa erudición. Tal vez Odiseo deba caracterizarse más por su presunción y exhibicionismo que por su cordura. Y si bien es cierto que representa a un héroe que puede ser admirado de mil formas, aún me resisto a caer en semejante tentación. Recordemos que es él quien nos cuenta sus historias. Y bien a bien, no podemos determinar hasta qué punto Ulises es un hombre que al recrear sus anécdotas las vive o, lo que sería peor, un enfermo que vive los relatos que inventa. Quizás el protagonista de este poema épico es un desquiciado. Aun si fuera así, la locura es una ventana de sentido, una vía, entre otras, de ver el mundo o, mejor dicho de crearlo y recrearlo. Es una marcha sin revés. Un viaje, sí, pero sin regreso. La locura es irremediable y, penosamente, incorregible. Tal y como advirtió Igor Caruso en La separación de los amantes: en la psicosis la conciencia se aniquila a sí misma.

El loco, ensimismado, enclaustrado en su mundo, habita una realidad que él mismo ha ideado y que se antepone a otra que se considera insoportable. ¿No era Ulises un hombre que sacaba provecho de sus mentiras? ¿No lo llama Hécuba, según nos cuenta Eurípides, “el astuto, bribón, de palabra dulce, adulador del pueblo”?xxxiii ¿No ella misma lo ve como un ser desagradecido y vil? ¿No lo llamaban justamente “fecundo en ardides”? Es probable que haya quedado él mismo exiliado de su cordura. Asimismo, no resulta descabellado pensar que su itinerancia significa la locura sin más, su total demencia puesta a la intemperie.

Ahora bien, si es cierto que la Odisea es el paradigma de la novela contemporánea, no debe sorprendernos porqué El Quijote es también la historia de un viejo deschavetado que emprende su propio recorrido, que lucha contra sus propios monstruos, que narra sus propias aventuras. La obra de Cervantes equivale a la crónica de un viejo que pierde progresivamente el juicio. ¿Por qué nos resulta tan agradable? Quizás porque nos reitera y recuerda el atolondramiento que nos singulariza. Cioran decía que hay en el literato mucha indiscreción. Tal vez advirtió, como Georges Bataille, que la literatura es algo suntuario, carente, libre de toda finalidad, aunque hoy los terapeutas puedan afirmar que es un excelente medio para canalizar la insensatez. Y es que la demencia es otra vía para acceder a la verdad. Habrá que aprender, entonces, como recomienda Luis Tamayo,xxxiv a escuchar esa verdad que portan los locos.

Desde esta perspectiva – insisto– no me parece tonto pensar que Odiseo es un trastornado. Y es que en el enfermo destacan su incapacidad para dar cuenta del sentido de sus acciones y su impericia para controlarlas y administrarlas. Bajo esta óptica, si la locura es una especie de autointoxicación gracias a la cual la realidad sólo puede ser soportable si se transporta a una realidad individual, Odiseo es un loco que sufre y vagabundea desaforadamente; y sus crónicas, el relato no sólo de su indigencia sino de sus desvaríos. Desbarrancado de la vida ordinaria, se hace patente su aislamiento, su soledad, su perdición y su angustia, ese raro asomo, momentáneo y fugaz, hacia el abismo.

 

Obras Consultadas

 

  1. ARISTÓTELES, Poética, Monte Ávila Editores Latinoamericanos, 3ª ed., Venezuela, 1998, 117 pp. [Trad. Ángel J. Cappelletti]

  2. BOWRA, C. M., Historia de la literatura griega, FCE, Breviarios 1, México, 2005, 216 pp. [Trad. Alfonso Reyes]

  3. CAMUS, Albert, El hombre rebelde, Losada, 14ª ed., Buenos Aires, 2003, 287 pp. [Trad. Luis Echávarri]

  4. ________ , El mito de Sísifo, Alianza Editorial, Biblioteca del autor 0660, Madrid, 2002, 181 pp. [Trad. Esther Benítez]

  5. CAMPBELL, Joseph, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, FCE, México, 373 pp.

  6. ELIADE, Mircea, El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición. Alianza-Emecé, Madrid, 2000, 174 pp. [Trad. Ricardo Anaya]

  7. ________ , Mito y realidad, Labor, Barcelona, 1992, 231 pp. [Trad. Luis Gil]

  8. ESQUILO, Tragedias, Gredos, Biblioteca Básica 4, Barcelona, 2000, 313 pp. [Trad. Bernardo Perea Morales]

  9. EURÍPIDES, Tragedias, Gredos, Biblioteca Básica 6, 7 y 8, Barcelona, 2000. [Trad. Carlos García Gual]

  10. FULLAT, Octavi, Antropología y educación, Lupus Magíster, Universidad Iberoamericana-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla-Universidad Autónoma de Tlaxcala, 2001, 199 pp.

  11. GADOTTI, Moacir, Historia de las ideas pedagógicas, Siglo XXI, México, 2002, 355 pp. [Trad. Noemí Alfaro]

  12. GIDE, André, Teseo, Plaza y Janés, Col. Libros de bolsillo 42, Barcelona, 2001, 110 pp. [Trad. Ferran Esteve]

  13. GÓMEZ Moreno, Ángel, Modelos de antropología de la educación, Mira Editores, Huesca, España, 2002, 103 pp.

  14. GRAVES, Robert, Dioses y héroes de la antigua Grecia, Millenium, Col. 100 joyas del Millenium 38, Madrid, 1999, 119 pp. [Trad. Carles Serrat]

  15. ________ , Los mitos griegos, II Tomos, Alianza, México, 1985. [Trad. Luis Echávarri]

  16. GRINBERG, Miguel, Edgar Morin y el pensamiento complejo, Campo de Ideas, Madrid, 2002.

  17. HESÍODO, Obras y fragmentos, Gredos, Biblioteca Básica 3, Barcelona, 2002, 328 pp. [Trads. Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez]

  18. HOLMES Beck, Robert, Historia social de la educación, Rabasa, México, 1965, 256 pp. [Trad. Carlos Gerhard]

  19. HOMERO, Ilíada, Gredos, Biblioteca Básica 1, Barcelona, 2000, 516 pp. [Trad. Emilio Crespo Güemes]

  20. ________ , Odisea, Gredos, Biblioteca Básica 2, Barcelona, 2000, 404 pp. [Trad. José Manuel Pabón]

  21. KAVAFIS, Konstantinos, 56 poemas, Grijalbo-Mondadori, Col. Mitos y poesía 8, Madrid, 1998, 70 pp. [Trad. José María Álvarez]

  22. MANACORDA, Mario Alighiero, Historia de la educación I. De la antigüedad al 1500, Siglo XXI, México, 1998, 303 pp.

  23. MARROU, Henri-Irénée, Historia de la educación en la antigüedad, FCE, México, 1998, 600 pp. [Trad. Yago Barja de Quiroja]

  24. MYERS, Edward D. La educación en la perspectiva de la historia, FCE, Col. Breviarios 188, México, 1966, 501 pp.

  25. PAZ, Octavio, El arco y la lira, FCE, 3ª ed., México, 2003, 308 pp.

  26. ________ , El laberinto de la soledad. Postdata. Vuelta al laberinto de la soledad, FCE, 2ª ed., Col. Popular 471, México, 1996, 352 pp.

  27. ________ , La llama doble. Amor y erotismo, FCE, Col. Biblioteca Breve, México, 2005, 223 pp.

  28. PETRIE, A., Introducción al estudio de Grecia. Historia, antigüedades y literatura, FCE, Col. Breviarios 121, México, 181 pp. [Trad. Alfonso Reyes]

  29. PLATÓN, Diálogos, Tomo I, Gredos, Biblioteca Básica 24, Barcelona, 2000, 455 pp. [Trads. J. Calonge Ruíz, Emilio Lledó Iñigo y Carlos García Gual]

  30. REYES, Alfonso, La Ilíada de Homero (en Cuernavaca) y otros textos, FCE-El Colegio Nacional-UAEMor., México, 2005, 621 pp.

  31. ________ , Los poemas homéricos. La Ilíada. La afición de Grecia, FCE, Colección: Letras Mexicanas, Obras completas, Tomo XIX, 445 pp.

  32. SÓFOCLES, Tragedias, Gredos, Biblioteca Básica 5, Barcelona, 2000, 338 pp. [Trad. Assela Alamillo]

  33. TAMAYO, Luis, Del síntoma al acto. Reflexiones sobre los fundamentos del psicoanálisis, Universidad Autónoma de Querétaro, Serie Psicología, México, 2001, 98 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

i Albert Camus, El hombre rebelde, p. 16.

 

ii Ibidem, p. 20.

 

iii Ibidem, p. 17.

 

iv La vida de Homero es un enigma. Se dice que nació en Esmirnio o en Quíos y que fue un maestro de escuela que recitaba poemas. Unos afirman que fue una mujer y otros más dicen que nunca existió. Nadie sabe a ciencia cierta quién fue. Existen quienes sostienen que el Homero de la Ilíada y el de la Odisea son distintos. Algunos más argumentan que ese compendio de hazañas se ligan a Homero sólo porque fue él quien vivió en aquel periodo. Incluso existe quien sugiere que Homero fue un escriba que acompañó a Odiseo durante su viaje y quien registró los sucesos de los cuales era testigo y aquellos otros que Ulises le contaba. Al menos eso se ve en la película Odysseus. Voyage to the underworld, del director Ben Affleck y estrenada en Estados Unidos de Norteamérica en octubre de 2007. Como quiera que sea, y pese a la oscuridad que rodea al poeta, la literatura griega es la más antigua que sobrevive y ha representado una enorme influencia para las demás. Los poemas épicos de Homero son, aún hoy, fuente de entretenimiento pero sobre todo de inspiración. De manera particular, la Odisea inicia toda una tradición literaria a la que pertenecen Virgilio, Dante Alighieri, John Milton, Keats, Tennyson y James Joyce. Y todavía más próximo y por citar tan sólo un ejemplo, Gabriel García Márquez y su Relato de un náufrago. La Odisea es, juzgándola por sus características literarias, un relato con tintes novelescos que permiten entender ciertos paralelismos de la vida con el correr del tiempo. Homero no sólo nos legó la épica (de épos, épee, versos; que eran hablados o recitados para referir las hazañas de los héroes, seres deificados que representaban un punto intermedio entre los hombres y los dioses) sino que sentó las bases de la literatura griega al ser también, como señala Bowra, padre de la comedia y la tragedia.

 

v Alfonso Reyes, Obras completas, Tomo IX, p. 85.

 

vi Albert Camus, El mito de Sísifo, p. 155.

 

vii Cecile Maurice Bowra, Historia de la literatura griega, p. 29.

 

viii Cf. Ángel Gómez Moreno, Modelos de antropología de la educación, Mira Editores, Huesca, España, 2002.

 

ix Robert Graves, Los mitos griegos, Tomo II, p. 470.

 

x Alfonso Reyes, op. cit., p. 84.

 

xi Ibidem, p. 85.

 

xii Idem.

 

xiii Cf. Henri-Irénée Marrou, Historia de la educación en la antigüedad, FCE, México, 1998, Edward D. Myers, La educación en la perspectiva de la historia, FCE, Col. Breviarios 188, México, 1966, Mario Alighiero Manacorda, Historia de la educación I. De la antigüedad al 1500, Siglo XXI, México, 1998, Nicola Abbagnano, y A. Visalberghi, op. cit., Moacir Gadotti, Historia de las ideas pedagógicas, Siglo XXI, México, 2002, y Robert Holmes Beck, op. cit.

 

xiv Loc. cit.

 

xv Albert Camus, El hombre rebelde, p. 25.

 

xvi Petrie ha dicho que los poetas épicos, y particularmente Homero, representaban a los dioses como seres sometidos a los motivos y pasiones de los mortales, mezclados no sólo en sus asuntos sino incluso con una naturaleza similar a la suya. Esto explica porqué hombres y dioses participan de las mismas pasiones, sentimientos, emociones, vicios y virtudes. Cf. Introducción al estudio de Grecia. Historia, antigüedades y literatura, FCE, Col. Breviarios 121, México, 1978.

 

xvii Cecile Maurice Bowra, op. cit., p. 31.

 

xviii André Gide, Teseo, pp. 51-52.

 

xix Robert Graves, Los mitos griegos. Tomo II, p. 451.

 

xx André Gide, Op. Cit., p. 12.

 

xxi Carlos García Gual, “Introducción” en Homero, Odisea, p. XV.

 

xxii Konstantinos Kavafis, 56 poemas, p. 23.

 

xxiii Cf. Edgar Morin et al, Educar en la era planetaria, Gedisa, Barcelona, 2003.

 

xxiv Loc. cit., pp. 23-24.

 

xxv Carlos García Gual, Op. Cit., p. XXI.

 

xxvi Adriana Yáñez Vilalta, “Heidegger y Hölderlin. Recuerdo, tiempo y nostalgia” en Luis Tama (Comp.) Metafísica y ontología. Homenaje a Ricardo Guerra, Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos, México, 2005.

 

xxvii Octavio Paz, El laberinto de la soledad, p. 211.

 

xxviii Konstantinos Kavafis, op. cit., p. 24.

 

xxix Adriana Yánez Vilalta, op. cit., p. 121.

 

xxx Ibidem, p. 122.

 

xxxi Miguel Grinberg, Edgar Morin y el pensamiento complejo, p. 12.

 

xxxii Robert Holmes Beck, op. cit., p. 10.

 

xxxiii Eurípides, Hécuba 130.

 

xxxiv Cf. Luis Tamayo, Del síntoma al acto. Reflexiones sobre los fundamentos del psicoanálisis, Universidad Autónoma de Querétaro, Serie Psicología, México, 2001.

 

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